martes, julio 24

Telenovela chino-mexicana

Hace no muchos años, cuando aún era yo una mozuela imberbe, solía desperdiciar buena parte de mis inútiles tardes frente a la televisión. La caja tonta, como suelen calificarla los intelectualoides, era encendida alrededor de las tres de la tarde y no se apagaba sino hasta las diez de la noche.
Como verán, soy un ejemplo vivo —y oligofrénico, hay que reconocerlo— de eso que Giovanni Sartori llama el
videoniño. La televisión era la nana, la amiga, la confidente, la institutriz. Y en ciertos casos, también la meretriz, pero esa es otra historia.
El paroxismo de la enajenación me poseía alrededor de las cinco de la tarde, hora en la que solían empezar las “buenas” telenovelas. Porque eran las telenovelas y no otra cosa, mi verdadera pasión.
En un acto de complicidad del que no hemos encontrado sustituto, mi anciana madre y yo nos sentábamos —aplatanábamos o despanzurrábamos serían, sin duda, las palabras más precisas— a ver las benditas telenovelas. Pero eso sí, no cualquier telenovela. Nos gustaban cosas como Cuna de Lobos —yo gateaba cuando la transmitieron por primera vez, pero afortunadamente me tocó verla muchos años después—, Bajo un mismo Rostro, Corazón Salvaje, Ramona —ambas protagonizadas por el hoy desaparecido Eduardo Palomo, papacito donde quiera que esté—. Claro que también me chuté otras más chafitas, como las recientes La Madrastra y Alborada. Lo más divertido de este tipo de educativos y formativos programas, son los diálogos al estilo:
— ¿Pero por qué me has abandonado, Francisca Alejandra Leticia Mauricia? Dime la verdad.
— No soy digna de tí, no merezco que me mires ni que me hables, Cástulo Profinato Cirilo Meliqueo. Perdóname mi amor...
— Habla de una vez amada mía, confíame la pena que te acongoja y te parte el alma.
— No puedo hacerlo. Me aborrecerás en cuanto lo sepas
— Nunca, eres el amor de mi vida
— Es que...
— ¡Habla ya Francisca Alejandra Leticia Mauricia!
— Está bien. Cástulo Profinato Cirilo Meliqueo: me entregué a otro... (Agréguense mocos, lágrimas, gritos, vestiduras desgarradas y música de suspenso).
Y así por el estilo.
Pero como tengo que trabajar, hace meses que no veo telenovelas. Es más, ya sólo veo televisión los fines de semana. Por eso me emocioné hasta las lágrimas cuando descubrí en un periódico, lo que pinta para convertirse en la mejor telenovela mexicana —aunque hay que reconocer la evidente mano negra, digo, china, involucrada—. La trama me tiene idiotizada, figúrense: es la historia de un honesto empresario chino que tiene que luchar contra la corrupción de las autoridades mexicanas. El pobre hombre es vapuleado, chantajeado, apedreado, sodomizado —ese capítulo no lo he visto— y otra barbaridades terminadas en ado. Lo prodigioso es que él se mantiene ajeno a los febriles vituperios que su figura ocasiona en los altos y cochinos mandos de la política mexicana.
La tragicomedia apenas inicia, pero mi cerebro de conejo y yo ya estamos más que identificados con el protagonista, sobre todo porque empieza su calvario con la conmovedora frase: “soy una víctima inocente y fui chantajeado para tener estas participaciones en la corrupta política de México”. Me cae que no me la voy a perder y nominaré al chinito para que gane uno de los premios TVyNovelas. Su actuación lo vale.

Réquiem por el Diablo

Hace poco sufrí lo indecible porque no sé quien decretó, por sus polainas, la desaparición del Limbo. ¿Cómo es posible, gritaba yo escandalizada y herida, que me haya quedado sin covacha para guardar-esconder todo aquello que me molesta? ¿Qué he hecho yo para merecer esto?, lloraba mientras me desgarraba las vestiduras.
El dolor de perder el Limbo fue infinitamente superior —tengo que confesarlo— al dolor de quedarme sin Dios. O de enterarme, gracias a Nietzsche, que ese señor se murió. La muerte de Dios no me jodió tanto la existencia como hacerme a la idea de la No-existencia del No-lugar, cosa que sigo considerando La Tragedia.
Apenas estaba asimilando que mi covacha había sido borrada de la faz de mi planeta, cuando, de buenas a primeras, me entero también de la No-existencia del Sr. Diablo.
La culpa la tuvo mi admirado Jefelipe —agréguese aquí la risa sarcástica de este conspicuo personaje, quien, por cierto, acaba de cumplir siete años prendido de un badajo, hazaña que me hace admirarlo más—, que me prestó, quizá para quitarme las telarañas victorianas que tengo en la cabeza, un libro de Enrique Maza titulado: El Diablo. Orígenes de un mito.
Después de un inteligente recorrido por la Biblia y la historia judía, entre otras bellezas, Maza llega a la honorable conclusión de que el Sr. Diablo, simple y sencillamente no existe. De hecho, el Diablo se convierte en algo así como una víctima inexistente, que recibe toda la porquería que el hombre no quiere cargar porque es un pusilánime.
“Cuando el hombre no quiere hacerse responsable del mal que hace y del mal que causa, empieza a inventar otros responsables para no tener que mirarse en el espejo de sí mismo (...) El hombre busca a los demonios para echarles la culpa y hacerlos el origen de su mal”, dice Maza. Y vaya que tiene razón.
Por dos razones fundamentales no voy a hacer ni siquiera el intento de contarles el libro, al menos no más de lo que ya dije. Primero porque no consecuento huevones, es decir, que si les interesa búsquenlo, cómprenlo y léanlo. Y segundo, porque aunque a nadie le importe yo tengo que dar rienda suelta a mi dolor en esta prístina pantalla.
Siempre me ha parecido —y media humanidad concuerda conmigo— que es comodísimo echarle a alguien más la culpa de nuestra propia estupidez. Esa es la razón por la que sufro tanto. ¿A quién le vamos/voy a echar la culpa de los males que nos/me aquejan? ¿O sea que yo, maldición, tengo libre albedrío y puedo escoger entre el bien y el mal? ¿Tengo que ser responsable de mis actos? ¡Nooooooo!
Otra duda me corroe: ¿qué va a pasar con la larga lista de imbéciles que he mandado al demonio? Siempre imaginé que estarían ardiendo en las llamas del infierno y, en los casos que así lo ameritaban, llegué a visualizarlos con el tridente del Sr. Diablo atravesándoles el occipucio. ¡Y ahora resulta que no existe!, que todo ha sido un invento e, incluso, un mecanismo de control de la H. institución que es la Iglesia. Snif, snif, Sr. Diablo, apenas te fuiste y ya te extraño.

¿La gran Maravilla?

Pues a mí no me dio ni tantito gusto la designación de Chichén Itzá —concretamente el Castillo de Kukulcán— como una de las “nuevas” siete maravillas del mundo. Dispénsenme vuestras mercedes.
Se que más de cuatro mil personas estuvieron atentas del anuncio realizado el pasado sábado. Y seguramente con unos tequilas encima se dieron valor para gritar las máximas del baratísimo nacionalismo mexicano. A fe mía que la borreguil masa, presa de un chaqueto arranque patriotero, hizo vibrar las deterioradas ruinas mayas con alaridos estilo “¡a huevo!” y “sí se pudo”.
La cereza en el pastel fue el “mensaje a la nación” que dirigió ese señor que no es mi presidente. Que alguien le explique por favor. Cuando lo ví no supe si orinarme de la risa o acabarme una caja de kleenex sorbiéndome los mocos. Ya no quiero hacer corajes porque ese tipo aprovecha una cuestión netamente mercadotécnica para levantarse el cuello —o intentarlo, que casi da lo mismo—, mientras se dedica a pisotear las instituciones culturales de este país. Analfabeta como su antecesor. Panista, qué le vamos a hacer.
¿Felicidades al pueblo de México? Qué chido que somos “un país depositario de grandes culturas milenarias” y bla, bla, bla. ¡Ya tenemos maravilla! Uy, sí qué padre. ¿Para qué o por qué?
La UNESCO se vomitó en este concursete porque, entre otras cosas, no tiene ni remotamente un genuino interés por promover la cultura y sobre todo, el conocimiento del origen y la historia de este tipo de “riquezas culturales”. Todo lo contrario: el objetivo es hacer lana y como siempre, las beneficiadas son las grandes empresas trasnacionales. Pregúntenle a los hoteles cinco estrellas que se le han pegado a la zona arqueológica como tábanos a la res. O a coca cola. O a Telmex. O a cualquiera de los patrocinadores que nomás por meterse al concursito ya sacaron su buen varo.
¿Cómo se atreven a festejar la “nueva maravilla” que se está cayendo y en la que ni siquiera se ha hecho suficiente investigación? Desde el 2005 está prohibido subirse a la pirámide —claro que los flamantes organizadores de New 7 Wonders se tomaron una fotografía promocional bien trepadotes en la cúspide— por precaución y debido a su deterioro.
Después de Teotihuacán, Chichén Itzá es la zona arqueológica mexicana más visitada —1.3 millones de personas al año— y con este regalito se espera un aumento hasta del 3% en la afluencia de turistas. Millones de seres humanos caminando, tirando basura, robándose la piedrita y hasta pintando “Moncho was here” en un espacio que NO está diseñado para las grandes masas. Tampoco digo que no hay que visitarla, pero antes de andar ahí trepados es necesario hacer una evaluación de la zona —que por cierto está atascada de vendedores ambulantes— y una serie de restauraciones que permitan que aguante otro rato. ¡Tampoco son eternas pues! pero la gran cantidad de gente es un factor de riesgo que acelerará su destrucción.
Para acabarla de amolar, una parte del terreno en el que está asentada la zona arqueológica pertenece a la familia Barbachano, dueña de la empresa Mayaland —unos cuantos hotelitos— que desde luego está esperando su tajada.
Y también los diputados, nada tontos, ya están viendo cómo llevarse una rebanada del pastel amparados en el choro del turismo cultural que NO generará una derrama económica equitativa.
Chichén Itzá ya es una maravilla, así que perdón por el pesimismo pero yo no veo qué carajos vale la pena festejar.

Exhibición de testosterona

He escuchado la queja infinidad de veces. Las mujeres casadas —y aun las que coquetean con la posibilidad— son capaces de tolerar ventosidades, sapos, impuntualidades, eyaculaciones precoces, mentiras piadosas y gotitas de orín en el excusado. En nombre del amor, mujeres sumisas y abnegadas le perdonan a su amorcito una que otra cosilla excepto —agréguese en esta parte música de suspenso—: las tardes de futbol.
En este país, todo hombre que se precie de serlo debe sentir una atracción bestial y un gusto casi animal por el fucho. El deporte más bello del mundo —¿?— ha fomentado durante décadas la sana y chelera convivencia entre machos de la misma especie. Rompe las barreras del más antisocial y tiende puentes de comunicación en todos los estratos sociales.
La liguilla —creo que así se llama— mantiene a los hombres ocupados durante buena parte del año, sin
embargo, lo más emocionante es ver jugar a la selección mexicana. No importa si le van al Toluca, a los Pumas, a las Chivas o a los Gallos Blancos —el que le va al América de plano es tarado irremediable—, los juegos del Tri convierten a todos en compadres.
Ver el partido de futbol es —como podrán imaginarse o han experimentado—, un ritual que comienza desde el instante en que se conocen la hora y fecha del encuentro. Durante días se mantiene la expectación y se organiza el escenario en el que, armado con chelas y botana, un mexicano común disfrutará el partido acompañado —en la mayoría de los casos— por cuatro o cinco amigos que gritarán, reirán o llorarán, dependiendo de si gana o no su gallo.
Para una mujer promedio es una tortura ver cómo el hombre que ha entrenado durante tanto tiempo —así sean quince días o veinte años—, se convierte en una bestia babeante que sigue como idiota el vaivén de una pelota por televisión. Habría que hacer del conocimiento de las féminas que, de acuerdo con estudios científicos realizados en una prestigiosa universidad
estadounidense, el futbol permite al macho de la especie humana canalizar energía negativa y liberar estrés.
Por si fuera poco, el futbol es también un ritual social que, para decirlo en términos prácticos, es equivalente al marcaje de territorio que realiza un perro en cada poste que se encuentra. No es otra cosa, pues, que una exhibición de testosterona —”Hormona producida por los testículos que tiene por función el desarrollo de las glándulas genitales y el mantenimiento de los caracteres secundarios del varón”— socialmente aceptada, recomendada y fomentada.
Así que, por donde se le mire, el futbol es uno de los grandes inventos que han contribuido a mantener la salud y bienestar masculinos, pues permite la liberación de un sinfín de emociones. Para que me entiendan: sin futbol el hombre promedio estaría chingue y jode —¡sí: más!—.
Por otro lado, es muy divertido observar a una recua de varones pasar de la euforia al llanto; de la tragedia a la comedia y del júbilo a la depresión. Es francamente inmejorable el espectáculo de verlos tragarse la botana y empaquetarse un cartón de
cervezas mientras el hilito de baba, evidencia inobjetable de oligofrenia, les recorre el mentón y les moja la playera. El paroxismo de la diversión es el momento en que el amado equipo pierde y las lágrimas brotan de los ojos casi tiernos de esos machos dominantes. De verdad, cualquier mujer que se precie de serlo, no debería negarse este espectáculo.

martes, julio 3

Amnesia mexicana

Debe ser la mala alimentación, el analfabetismo, el agua potable contaminada con coliformes fecales, el catolicismo, los resabios de la violenta conquista española o, sencillamente, que somos tarados de nacimiento. No lo sé, pero siempre he admirado con un hilillo de baba escurriéndome por la comisura de los labios, la facilidad que tiene el mexicano para olvidar. Esta bendita amnesia. El mexicano promedio que olvida con una velocidad y una mansedumbre pasmosas.
Ayer fue dos de julio. Y a muchos no se nos olvida que “conmemoramos” el primer aniversario de las elecciones en las que resultó “ganador” ese señor que, con todo respeto, no es mi presidente. A mí, por lo menos, no se me olvida el cochinero que se armó ese dos de julio y tampoco puedo borrar de mi disco duro la serie de idioteces que protagonizaron Luis Carlos Ugalde y su cofradía de oligofrénicos.
Ese día yo estaba disfrazada de reportera y me tocó ver a todo tipo de personas en las urnas de varios municipios cercanos a esta gélida ciudad. Clasemedieros votando por los azules; “los de abajo” vestidos de amarillo y uno que otro despistado aún defendiendo a su gallo tricolor. Toda la jornada se desarrolló de manera “ejemplar”.
El colmo fue el después. El despapaye que se armó con el conteo de votos. La espera ansiosa y casi agónica del Programa de Resultados Preeliminares que nomás no fluía. Irnos a dormir con la incertidumbre atorada en salva sea la parte. El suspenso chafa que durante semanas patrocinó el IFE. Y luego, como si no hubiera sido suficiente, el camping amarillo en el Zócalo capitalino; AMLO en calidad de semidios apedreado; el desgarriate que se armó durante una toma de protesta casi teatral, rayana en la comedia, en la farsa. En una función de circo.
Acabo de leer una encuesta que hizo El Universal en torno a esas elecciones “históricas”. Una pregunta de ese minicuestionario que respondieron más de ochocientas personas, llamó mi atención: ¿cómo calificaría la actuación de las siguientes autoridades (IFE y TEPJF) durante las elecciones presidenciales del año pasado?
El 50% de los encuestados considera que la actuación del IFE fue muy buena/buena. O sea que un año después, sanadas las heridas e instalados en nuestros cómodos y lóbregos cuarteles de amnesia, el proceso electoral resulto “decente” y Luis Carlos Ugalde y compañía salen bien librados. A este paso, el año que viene esos señores estarán camino a la beatificación o mínimo serán candidatos a engrosar la lista de próceres de la patria.
No soy agitadora, ni perredista, ni proamlo, ni dama de la vela perpetua. Tampoco creo que una mínima encuesta resulte contundente en un tema tan espinoso. Pero sin duda ese ejercicio es un microreflejo de la mutación casi demencial que sufre el pensamiento mexicano. Tampoco creo en la teoría del complot ni en la del fraude electoral, sencillamente me parece que deberíamos intentar ser un poquito menos ingenuos. O por lo menos aprender a fruncir el entrecejo antes de soltar la sonrisa confiadota y hacer como que no pasó nada. En fin, que la bendita amnesia mexicana nos prepara para las próximas elecciones presidenciales con el antecedente, por cierto, del repunte del PRI en las del pasado domingo.