miércoles, junio 27

Textículos

i.
Como Dios marcó a Caín para que nadie lo matara, así el animal territorial marca a su amante para que nadie la posea. Le hace el amor a las seis de la mañana, cuando los vecinos se levantan para ir a trabajar y, en un pueblo lejano, el gallo duda entre el canto y la somnolencia.
El animal territorial marca su espacio: muerde, chupa y estruja espalda, cuello, hombros, vientre, nalgas, pezones y codos. Antes de partir, verifica la intensidad y ubicación de sus huellas: las graba en su memoria, convencido de que nadie se atreverá a tocar a su mujer.
Ignora que ella se revuelca a medianoche, en la calle o en su coche, con un ciego cada vez.

ii.
Tiene el joven Jack una mano izquierda perfecta. Delgada y recia, de dedos largos y falanges idénticas. Con una palma de marcadas líneas que le revelan el presente y el porvenir; su modo de vida y el día de su muerte.
La mano derecha es, por el contrario, una desgracia: ni dedos, ni palma, sino un muñón que remata el brazo. Jack se sienta en la puerta de su casa, y pierde horas enteras mirando sus dos extremidades: una terminada en cinco, la otra terminada en cero. Después de mucho analizarlo, concluye que el problema tiene solución: no es más que una simple cuestión de simetría.
Ahora tiene el joven Jack dos “manos” perfectas: le presume a quien quiera ver su brazo izquierdo rematado en un nuevo, limpio y redondo muñón.

iii.
Adán —que ya conocía los celos—, le dijo un día a la serpiente: “¿Sabes? me molesta que pongas tus sucias patas sobre mi mujer”. “¿Ah sí?”, le contestó aquella —que a la sazón ya conocía el cinismo—, “Pues a Evita le gusta mucho y no veo qué puedas hacer tú para evitarlo”.
Adán, entonces, inició la cadena de pecados y atentó contra una criatura de Dios. Refugiada en su cueva, la serpiente superó la pérdida; lamió sus heridas, aprendió a arrastrarse sobre su vientre y fraguó la venganza.

iv.
Se dijeron adiós recordando a Karenina: “¿cuando dijo que no podía ser, quiso decir nunca o sólo entonces?”
En la última mirada, él reiteró que sólo entonces. Con una mueca a modo de sonrisa, ella supo que, otra vez, ese maldito cabrón no había tenido los huevos de decir la verdad.

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