miércoles, junio 27

Te doy una canción

Burlaron la raquítica vigilancia y entraron con provisiones suficientes para un regimiento. Aún no comenzaba el concierto y ya estaban “armándose” con el chupe: una infame combinación de mezcal corriente, e inocente y sano jugo de naranja.
Prácticamente acamparon en una superficie de medio metro cuadrado, justo a la izquierda de la bandera gigante que acaricia ese pedazo de cielo que le tocó al Zócalo Capitalino. Mochilas, maletas y chamarras se convirtieron en trinchera.
Junto a ellos, una pareja de “adultos mayores” fingía —bastante mal, hay que reconcerlo— no escuchar el “chúpale güey” o el “no mames, está bien fuerte, cabrón”.
Enfrente, un respetable padre de familia abrazaba a su esposa e hijo cada vez que un “pinche” flagelaba el aire. Se le notaban las ganas que tenía de irse a parar a otro lado y la impotencia por saber que tal cosa era imposible.
De manera casi milagrosa, personas completamente opuestas se hermanaron durante dos horas sólo para escuchar a Silvio —no me pregunten cuál: sólo hay uno—. Cada quién a su estilo, comenzaron a corear las canciones que han hecho famoso y querido al cubano. Los chavos gritaban a todo pulmón —juro que hoy deben estar afónicos y mi tímpano no volverá a ser el mismo— los “adultos mayores” cantaban en silencio y miraban de reojo el desmadre de sus vecinos; el padre de familia besaba tiernamente a su mujer, mientras ésta tarareaba.
“La neta se está rifando, güey, está cantando puras chidas”, me dijo una muchacha que llegó al Zócalo en sus cinco sentidos y a medio concierto ya había perdido tres.
Y mientras Silvio cantaba “las chidas”, yo dejé de maldecir mi suerte por no medir diez centímetros más y me dediqué a escuchar, a tararear —aunque, lo confieso, en cierto momento me puse a gritar—, y a mirar.
Los “adultos mayores” asesinan a una cucaracha enorme que andaba de paseo en la trinchera etílica; “a hueeeeevooooo, esa rola está bien chida”, me grita al oído un chavo briaguísimo; “quiero gritar Silvio, te amo, pero no me dejan”, se queja mi vecina mientras me ofrece su pomo; “Cuba sí, yankees no, Cuba sí, yankees no” y ondean las banderas cubanas.
“Teee doooy una caaaanción y hago un discurso...eeeel papaloooote, cae, cae, cae...la eeera está parieeeendo un corazón.... no mames, esa me parte la madre”.
El olor a mota me indica que hemos llegado a lo más heavy del concierto. Silvio condena la liberación de Posada Carriles y recita "Halt" de Luis Rogelio Nogueras, poema que es festejado con aplausos y multitud de “a huevos”.
Y como todo lo que empieza tiene que acabar, Silvio nos abandona. Mi vecina —que, ante su evidente incapacidad para coordinar, decidió treparse en la espalda del más grandulón de sus amigos— vocifera desesperada: “grita, pendejo, que ya se va” Y todos gritamos como pendejos, logrando que Silvio regrese varias veces.
Hasta que nos canta "El ruiseñor", para ir a dormir. Y comienzan las despedidas.

1 comentario:

Pp dijo...

Que chido, a mi también me gustan mucho sus canciones, cuándo fue eso que ni me enteré... lo hubieras grabado para que luego me lo enseñaras jaja... SAludos...