miércoles, junio 27

Qué poca madre (10 de mayo)

En mis casi veinticinco años de disipada existencia he sido acusada en más de una ocasión, de tener muy poca madre. Las situaciones y lugares en los que me han señalado con tan fatal característica no vienen al caso. En realidad me lo han dicho tantas veces que ya no registro quién me lo dijo en dónde y por qué.
El chiste es que he sufrido el insulto y lo he sentido lacerar mi corazón como navajas gillette sobre una barba partida, y quizá no haya mejor ocasión para aclararle a quien quiera enterarse —y a quien no quiera también— que efectivamente tengo muy poca madre y bendigo al Santísimo por haberme favorecido con esa gracia.
Antes de que la Sociedad Protectora de las Madres Abnegadas y las Nanas Sufridas —SOPROMANS, por sus siglas en español— ponga el grito en el cielo, quiero hacer constar públicamente que mi sacrosanta progenitora es —igual que el 99.9% de las madrecitas mexicanas— una mártir.
Lo que sucede es que nunca fue una mártir convencional. Irremediablemente me he pasado la vida poniendo cara de what —o de imbécil, para ser más exactos—, ante el sufrido y conmovedor comportamiento de las madres de amigos, conocidos e incluso familiares.
No dejan de sorprenderme las dadoras de vida que son capaces de levantarse a las cinco de la mañana para preparar un desayuno regio y tenerlo listo antes de que su prole se vaya a la escuela o al trabajo. Me conmueve hasta las lágrimas —y miren que no soy de lágrima fácil— la santa madre que todos los días se mete a esa jungla que es el mercado y regatea, pelea, golpea o de plano arrebata aquellos comestibles indispensables para que su descendencia coma con singular alegría y de paso goce de salud para enfrentar este valle de lágrimas. Se me cae la baba con las respetables señoras que, no contentas con traer el manicure perfecto y el peinado de salón, tienen la comida caliente y lista a la hora en que sus retoños llegan al hogar.
No me cabe en la cabeza que haya madres —y las hay, porque las conozco— que no duermen por estar esperando a que el hijo o la hija vuelvan del antro y que llaman cada tres horas para verificar que su bebé no haya sido atropellado, asaltado, violado o abducido. Literalmente me quedo estupefacta ante la visión de una mami que aún le lava los chones al hijo de veintitantos años o le limpia incluso los bigotes que deja la leche del desayuno.
Y es que mi sacrosanta madre ni por error se levantó nunca a las cinco de la mañana para hacerme de desayunar. Aunque ella jura que sí lo hizo, lo cierto es que mi hermano y yo —es decir, las víctimas— sostenemos lo contrario y, dado que el Alzheimer lleva años asediando a mi madre —una vez estuvo a punto de olvidarnos en una tienda—, cualquier persona en su sano juicio debe creernos a mi hermano y a mí.
Mi madre nunca tuvo la comida caliente a la hora en que llegábamos. De hecho, había que agradecer que hubiera comida y “si quieres comer, sírvete” era la tierna invitación para pasar a la mesa. Excuso decir que mi madre no perdería ni una hora de sueño preocupándose por su descendencia. No es que no le interese, sencillamente se siente mejor en los brazos de Morfeo, qué le vamos a hacer.
De igual forma, un buen día mi madre nos mentó la madre a mi hermano y a mí para que laváramos nuestros respectivos calzones, porque ya estábamos bastante grandecitos.
La conducta anti-madre de mi madre me ha traído, entre otras consecuencias, que cualquier hijo de vecino pueda decir que qué poca madre tengo y yo me quede desarmada ante la verdad. Pero además —y eso es lo que agradezco— me hizo independiente y absolutamente conciente de que a la hora de los guamazos yo me tengo que defender. No significa que no cuento con ella, sino que yo construyo mi vida: yo me invento problemas y yo los resuelvo. Significa que debo ser capaz de cocinar un infame huevo revuelto o resignarme a los espasmos que provoca la inanición. Significa que sus faldas nunca han sido ni serán una opción consoladora ni un pacífico refugio. Significa que nos ama tanto —a mi hermano y a mi: ni modo, no pude deshacerme de él en la infancia— que nos ha dejado libres para vivir nuestra vida, con todo lo que eso implica. Y eso siempre me ha parecido un mejor regalo que la sopa caliente a las tres de la tarde.

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