jueves, junio 28

A primera vista

Juro que antes de ese bendito y literalmente iluminado momento, la que esto escribe se había pasado más de la mitad de su corta pero arrugada vida, despotricando en contra del amor a primera vista.
Con la inocencia —rayana en la beatitud— que me caracteriza, había satanizado siempre la muy incoherente lógica bajo la que opera ese sistema. Es decir, me parecía imposible que, de buenas a primeras, sin decir agua va y nomás por que sí, uno pudiera enamorarse y ofrendar la salud, el dinero y la vida completita al ente elegido.
Pero he aquí que más rápido cae un hablador que un cojo, porque —¡oh, Dios mío!—, me enamoré a primera vista. Irremediable y perdidamente, como debe ser.
Sucedió hace más de cuatro años. Yo visité a mi querido hermanito —ese del que no me pude deshacer en la infancia— en la universidad en la que estudia —tanto una carrera como los efectos que ciertas sustancias provocan en el organismo—. Deambulé un rato por el campus en lo que ese pequeño insecto se desocupaba y terminé, como suele sucederme, en la librería escolar.
Era este un espacio ni muy grande ni muy pequeño pero eso sí, muy bien surtido. Así que ni tarda ni perezosa me puse a recorrer sus estrechos pasillos nomás por aspirar durante un rato el aroma del papel y, desde luego, para ver qué me encontraba.
De pronto, apareció ante mis ojos. Juro por lo más sagrado —es decir, mis cuatro hijas: Ula, Garnacha, Molleja y Anfetamina—, que estuve a punto de desmayarme. De hecho un jovenzuelo de no malos bigotes me sostuvo. La visión me dejó perpleja, patidifusa y turulata —algunos, en pésimo chiste, dirán que no se me ha quitado—. Después agarré valor y caminé lentamente hasta el sitio en el que se encontraba el objeto de mi amor arrebatado.
Vi entonces en toda su magnificencia la Historia General de México. Con el ojo temblándome por el peso de las lágrimas, pude apreciar la hermosa edición en pasta dura del Colegio de México. Más de mil páginas de papel bond ahuesado —cultural pues—, y casi dos kilos de peso. Lloré como una Magdalena porque no pude pagar —¡ay, la jodidez!— los más de cuatrocientos pesos que costaba en ese entonces.
Pero Dios —o el Diablo, vaya uno a saber— me hizo justicia. El pasado viernes me lancé al DF con un amigo al que para efectos prácticos llamaremos El Manipulador. Este hombre, escritor y cínico profesional, me guió por el Centro Histórico: de puesto en puesto cazando joyas.
Una vez que nos hartamos, El Manipulador me llevó a la librería del Fondo de Cultura Económica y claro, cada quién agarró por su lado, aunque de cuando en cuando nos buscábamos entre los pasillos para mostrar la maravilla descubierta.
Entonces lo vi: estaba ahí, sentadito como quien no quiere la cosa. Me hizo ojitos, supe que me había estado esperando y que ya era hora. Efectivamente, luego de tanto tiempo estaba a mitad de precio, así que le tendí la mano y lo traje conmigo. Volvía a llorar como Magdalena, para qué negarlo, pero esta vez, por el malsano placer de recorrer sus páginas. Provecho, dígome a mí misma.

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