miércoles, junio 27

La recta tangente

Me purgan las matemáticas y en general, todo aquel razonamiento que esté directamente relacionado con los números puros. Pasé álgebra, geometría analítica, cálculo integral y diferencial de puritito milagro. No puede haber otra explicación.
Aunque —como buena ñoña—, invertía muchas horas de mi puberto tiempo a machetearle al dos más dos, lo cierto es que a la hora de los truculentos exámenes, una mano peluda —quise decir bendida, providencial, seráfica— me mostraba el camino a seguir y me ajustaba las cuentas.
No es que los números me parezcan malos. En realidad mi aversión matemática está directamente relacionada con mi incapacidad —casi mongólica, dicho sea con todo respeto—, de seguir y comprender ese razonamiento doloroso de tan abstracto.
Para sobrellevar la matemática depresión, acostumbraba inventarle historias a los grises números. Me emocionaba, sobre todo, con la geometría analítica; era fascinante ver con qué elegancia una ecuación paria sin dolor una caprichosa forma.
Las parábolas, elipses y sus primas —ya he olvidado los nombres—, tenían las historias más interesantes. Acaso porque su simple presencia implicaba dinamismo, movimiento. (Si usted, querido y único lector, sabe algo mínimo de geometría, comprenderá que chapaleo en la ignorancia, así que de antemano le ruego me perdone: no estoy muy segura de estar utilizando los nombres y asignaturas correctas, pero el chiste es que estoy hablando de líneas, ok?)
La más triste era la de la recta tangente. Su simple definición —por cortesía del diccionario de la Real y Misógina Academia de la Lengua Española— hace llorar: Tangente. (Del ant. part. act. de tangir; lat. tangens, -entis). 1. adj. Que toca; 2. adj. Geom. Dicho de dos o más líneas o superficies: Que se tocan o tienen puntos comunes sin cortarse; 3. f. Geom. Recta que toca a una curva o a una superficie sin cortarlas.
Dudo que alguien pueda comprender la sensación de desamparo que me invadía —y que, reconozco, aún me invade—, cuando pienso en las pobrecitas, desoladas, jodidas rectas tangentes.
No me cabía, no me cabe en la cabeza, cómo es que algo o alguien puede ser tan miserable como para tocar un punto sin cortar. Sólo tocar, carajo. Y largarse.
La parte más trágica reside en el momento de juntar una tangente con un círculo. La tangente toca, lame, roza; quizá hasta se masturba en un único y explosivo movimiento, contra un punto —y sólo un punto—, del poderoso e inamovible círculo.
El círculo está bien, está completo, no necesita el roce de la tangente para sentirse vivo. La tangente, en cambio, sólo existe en tanto puede tocar a otro cuerpo. La tangente quiere quedarse con el círculo, fundirse con el círculo: pero irremediablemente tiene que seguir su camino hacia adelante. La línea debe prolongarse ad infinitum como para asegurarle a los incrédulos que no intentará volver a tocar al círculo. Que aprendió la lección. Que conoce su lugar, que no quierte perturbar, que no lo vuelve a hacer.
Por alguna extraña razón, yo misma me he sentido siempre una recta tangente.

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