jueves, junio 28

La Agonia de la Marmota



Un desconocido echó por tierra mi vicio innato de clasificar, bajo quién sabe qué parámetros, los libros en buenos o malos. Ese hombre —que ahora pienso era un enviado de la providencia—, caminaba sobre la banqueta en una ciudad que ya no importa. Si rescato ese momento del atrofiado archivo de mi memoria, no es porque el sujeto en cuestión fuera particularmente atractivo —nada había de cadencioso en sus caderas—, sino porque sostenía con su mano derecha un libro que devoraba a cada paso. El enviado de la providencia sorteaba —ayudado por artes de nigromante para mí desconocidas—, los postes, desniveles, personas y animales que encontraba en su camino. Todo con tal de no perderse ni una sílaba de lo que estaba leyendo.
Era la hora infame de la canícula, pero yo sabía que la visión no era producto de mi alergia a ese sol que otros aman, sino un regalo para mi entonces incipiente pasión por la literatura. Desde ese momento, más que clasificar, aprendí a reconocer en la primera hoja aquellos libros que vale la pena leer de pie. Aquellos cuyo tejido es capaz de morderte de manera que no puedes despegarles la vista.
Soy afortunada: más de una vez he llegado a la frase final de un libro estando a dos centímetros de estrellarme contra un árbol. Me declaro aún más afortunada, pues, sin temor a equivocarme y sin afán de adular, La Agonía de la Marmota, de Alonso Guzmán, no sólo es el texto que conquistó el Premio Estatal de Novela 2005 “Alejandro Ariceaga”, convocado por el Centro Toluqueño de Escritores sino también, uno de esos libros que hay que leer de pie.

Santiago de la Mora, novelista
Una primera lectura de La Agonía de la Marmota, nos escupe en la cara a su personaje principal: Santiago de la Mora, joven estudiante que aspira a convertirse en novelista; que quiere escribir “una novela donde nunca suceda nada, que sea tan estática como el circular pensamiento de los hombres”. Santiago —parco misántropo— observa y cuestiona con ironía a “ese triste animal (que) es el hombre”; se solaza y asquea en medio de una sociedad que fabricó e institucionalizó al Dios Consumismo, para no sentirse huérfana luego de la muerte del Dios primigenio.
Santiago rompe su mutismo frente a Gerner, la nueva promesa literaria, a quien muestra sus escritos y proyectos, acaso en un vano intento por conseguir aprobación. Gerner se erige como personaje fundamental, toda vez que Santiago deposita en él buena parte de su errabundo pensamiento, recibiendo a cambio silentes respuestas que laceran cual navajas.
De la Mora vence su misantropía y ama a Leonor, mujer difusa de ojos miel, a quien le entrega su vida “ten Leonor a Santiago y haz de él lo que te plazca, ya bésalo entre nenúfares, ya quiébralo entre cristales, ya conságralo, ya redímelo”. Pero ella lo tolera por piedad; hacen el amor “convencidos de ser una fruta sin semilla a punto de desprenderse de la rama”, porque él la ama de la única manera que conoce: destrozando.
Ese amor que destroza, es también la constante de la relación del protagonista con su madre: una anciana mutilada con la que intercambia frases lastimeras. Santiago le demuestra su amor encerrándola; gasta su dinero en cerraduras que prometen ser inviolables, porque conviene mantenerla encerrada en casa para que no “dañe la humilde muerte de los perros”
En su perpetuo discurrir, Santiago repetido hasta el infinito, evidencia que nadie puede vivir mirando de frente a la verdad sin caer enfermo. Nos abofetea con la certeza de que si lo pendejo doliera, todos desfalleceríamos en un grito. Porque morimos todos los días, agonizamos siempre sin darnos cuenta. Nadie lo nota, excepto Santiago. Nadie como él para sufrirlo.

Ciudad de calles meretrices
Una segunda lectura de la novela de Alonso Guzmán nos muestra a la que, desde mi punto de vista, es la verdadera protagonista: la ciudad. Esa “¡Puta ciudad levadiza, huidiza, guanga como el pabilo de una cera derretida! ¡Puta como las palabras, mil veces eyaculada, eyaculadísima de luz, pécora”.
Esa ciudad de calles meretrices, recuerda su pasado sangriento y reprocha el cotidiano pisoteo de sus hijos, con la voz cascada por la ponzoña del tiempo. La ciudad, que a juicio de Santiago ostenta “el nombre más horrible de la historia de las ciudades”, deprime, ahoga, asfixia con su rostro embarrado de caca; germina y se lamenta, temerosa de “la luz que la ha de llevar a la muerte. Porque las ciudades le temen a la luz. La luz como mutilación”.
Todo se traga la oquedad de esta ciudad, todo vomita. Devoran a Santiago las lúgubres calles: vomitan moscas y bestias fantásticas. Mastican los portales a Leonor: vomitan su terrible ausencia. Se tragan sus mercados a la madre mutilada: la vomitan revolcada en alcohol, mierda, sudor y orín, acaso como evidente metáfora de su propio destino miserable. Ciudad emputecida que, a pesar de todo, luce nimbada por un aterradora belleza.

Flor de estercolero
Sospecho que Alonso Guzmán sabe que la maxima experimentación está en la novela. Sospecho que bajo esa premisa se autocuestiona, usa a Santiago como el pretexto de su búsqueda y, en el camino, le da rienda suelta a su diáfana prosa; formula preguntas que tocan su entorno literario y encuentra respuestas al drama interior del escritor.
Santiago chapotea en su desamparo y nada en la mierda de la ciudad. Resulta increíble que en la pastosa porquería logre hallar —quizá sin saberlo—, un atisbo de eso que llaman belleza.
La Agonía de la Marmota es una palpitante flor de estercolero: inmutable en medio de la decadencia. Santiago, hastiado como está de vivir, no repara en la existencia del prodigio. Quizá dirige a esa flor una distraída mirada. Quizá la pisotea. Quizá la orina. No importa: lo fundamental es que Alonso la rescata porque comprende que “crear una flor es de por sí un acto divino”.
Sublime resulta que, armado con una prosa tan intensa que parece poesía, logre entregar al lector esa flor dos centímetros antes de que se estrelle sin ceremonia contra un vetusto árbol de su propia ciudad. De su propio estercolero.

Ojo Izquierdo:
La Agonía de la Marmota obtuvo el Premio Estatal para Primera Novela “Alejandro Ariceaga”, otorgado por el Centro Toluqueño de Escritores A. C. Se encuentra a la venta justamente en las instalaciones del CTE: Plaza Fray Andrés de Castro, Edificio A, Local 9, Zona Centro, Toluca, Edomex.

Ojo Derecho:
Alonso Guzmán (Toluca, 1980), egresado de la Facultad de Humanidades de la Universidad Autónoma del Estado de México, ha estudiado en talleres literarios y en la Escuela de Escritores de la Sogem. Miembro del grupo Mirabilis, ha publicado en las revistas Castálida y Cuiria; en Gambusinos: Antología del Grupo Urawa y en Los mil y un insomnios: Antología del festival del cuento brevísimo.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

para mi que si alonso guzman sigue escribe y escribe, lo que le de la gana, tiene que llegar a ser mas mentado que garcia marquez y todos los de su generacion. ojala que no se deje dominar por nada que lo quiebre, que siga loco su destino que es escribir tan bonito para el mundo ancho y ajeno y para la calle.

DARIO ALEJANDRO dijo...

jaja yo konozko a ese we!!1


nu ma es re sencillo y muy normal



dispuesto a tomar 1 kawama en la banketa kontigo!1


yo le llamo el "sopas"

y ay esta escribiendo mas

Anónimo dijo...

mui buen libro me parece perfeceto y mui loco!