jueves, junio 28

El Mago

Como no tengo cosa mejor que hacer, contaré algo que a nadie le importa. Cuando alguien muere, nunca falta el fulano, sutano o perengano que, de buenas a primeras se convierte en querido e íntimo amigui del occiso reciente —o del muerto fresco, que suena más bonito—.
Esta actitud siempre me ha parecido propia de seres dejados de la mano de dios, que de alguna manera intentan hacer que la gente los mire y, como no tienen méritos propios, se tienen que agarrar de los tenis que un infortunado acaba de colgar. Si no me creen recuerden que ahora medio mundo conoció, trabajó, le estrechó la mano o le limpió los mocos a San Colosio.
Hago esta aclaración porque quiero hablar de un muerto que, sin embargo, sigue muy vivo y que no, no tuve el placer de conocer. Bueno, sí lo conocí —agréguese en esta parte del texto una risa sarcástica y escandalosa— o, para ser más precisos, fui a uno que otro concierto suyo, que no es lo mismo que lo mesmo.
Hablo de Abel Velásquez, “El Mago” cantautor porque le dio la gana, oriundo de estas gélidas Tierras Altas. El joven Abel, según me contaron algún día las malas lenguas, estudió una prometedora carrera en una prestigiosa institución educativa. Sin embargo, qué le vamos a hacer, se convirtió —o quizá sólo se descubrió— en algo así como la oveja negra de la familia, pues resulta que lo último que le interesaba en la vida era ir a encerrarse a una empresa —sueldo base más prestaciones de ley, de 9:00 am a 6:00 pm con dos horas de comida, descanso los fines de semana y guardias una vez al mes—. Abel quería cantar. Escribir canciones y cantarlas. Andar por las calles de Toluca con su panza y su guitarra, ambas características esenciales e inamovibles de su personalidad.
Yo supe de la existencia de “El Mago” por la lengua viperina de cierto mengano que no vale la pena recordar. Fui a sus conciertos —o toquines metepequenses muy sabrosos para ser más precisos— varias veces; jamás le dirigí la palabra, ni me miró. Ni siquiera me firmó un disco ni se tropezó conmigo. Pero a mí, como a muchos, me dolió saber que había muerto tan joven. Dicen que se fue mientras grababa un disco.
Han pasado varios años desde aquello y si hoy rescato ese recuerdo es porque, como dije al inicio de este intento de columna, no tengo cosa mejor que hacer; pero además, resulta que Car, una chica muy bella con la que trabajo, me prestó unos discos de Abel y fui muy, pero muy feliz. (Ya le prometí no suicidarme).
A ese milagro hay que sumarle que llevo más de un mes dolida —pero esa es otra historia—... Total, que me he dado la desvelada de mi vida cantando entre susurros —para no despertar a mis vecinos— las canciones de “El Mago” que no muere, sobre todo una que aplica en estos tristes tiempos: Aguanta corazón, no me abandones...

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