miércoles, junio 27

Dinero plástico

Ignoro el nombre del prócer del capitalismo al que se le ocurrió inventar el dinero plástico. Juro que si lo supiera ya hubiera matado a una considerable cantidad de gallinas negras para hacer —con brujiles y milenarias técnicas— un brebaje infalible para maldecirlo a él y a su descendencia donde quiera que se encuentren.
Y es que el dinero de a devis —billetes y monedas— es tan funcional que no comprendo cómo el hombre ha logrado convertirlo en tarjetas que caben en cualquier cartera y hasta en esos minúsculos bolsos de mano que las niñas “bien” llevan a los antros.
En realidad entiendo que las tarjetas —de nómina, crédito o débito, pásele y escoja— son de gran utilidad en estos tiempos violentos. Sin embargo, ya que se les ocurrió tan flamante idea, ¿no pudieron pensar en aquellos que, como yo, padecemos Alzheimer? ¿Por qué no inventaron una especie de dispositivo para no perder las tarjetas? Digo, si el ingenio les dio para meter un bonche de información relacionada con pesos y centavos en una cosita llamada chip, bien pudieron inventar un fascinante artilugio anti-pérdidas tarjeteras.
Es la segunda vez que la que esto escribe pierde una tarjeta. La primera vez fue mi súper tarjeta de ahorro —aunque nunca he ahorrado ni un miserable peso— del “banco fuerte de México”; esta vez perdí mi tarjeta de nómina —me la acababan de entregar: no me duró ni una semana— del “banco local del mundo”.
Fundamentalmente, mi problema se hace presente en los cajeros automáticos. Mi proverbial incapacidad para usar el dinero plástico y preferir las monedas sonando en las bolsas del pantalón, me orilla a visitar esos cuartitos de cristal por lo menos una vez a la semana —hasta que, por supuesto, me acabo la lana—.
Todo funciona a la perfección, es decir, puedo introducir sin complicaciones la tarjeta en la ranura, teclear el NIP, elegir el servicio, escoger “no” cuando la pantalla pregunta si quieres donar dos pesos en beneficio de no se quién, recoger la lana y —en su caso— el comprobante impreso. La hecatombe surge cuando el bendito cajero escupe la tarjeta.
Ya se que tienen un escandaloso dispositivo —supongo que para despistados— que, en el momento justo del vómito plástico, emite una alarma capaz de cimbrar los nervios del más plantado. El problema es que, cuando yo ando literalmente en otra dimensión, no percibo el ruidito y mucho menos recuerdo que después del varo y el recibo hay que esperar la tarjeta.
Resultado: olvido las malditas tarjetas en el cajero y éste —al menos eso espero— se las traga. La primera vez me di cuenta de inmediato, o para ser más precisa, un señor muy amable me hizo notar mi estúpido olvido. En esta ocasión sólo supongo que eso pasó, porque nadie me asaltó, ni perdí la cartera y estoy se-gu-rí-si-ma que recordaría si la olvidé en otro lado —sí, cómo no—.
En fin, que tuve que pasar nuevamente por el ofensivo suplicio de poner mi cara de idiota —¿más?— para hablar con alguna educada señorita en la sucursal de mi preferencia. Previo reporte telefónico del siniestro, por supuesto.
Lo malo es que mi viacrucis aún no termina y es que —por si mi estupidez y distracción no fueran suficientes—, digité mal el NIP —o lo olvidé, sepa la bola— de la tarjeta de repuesto y tengo que esperar un día más para que la activen. Mientras tanto, desfallezco en el hambre, ignominia y, sobre todo, la méndiga certeza de que en poco tiempo —no me doy más de un año— volveré a pasar por lo mismo.

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