miércoles, junio 27

Del horror a la belleza

Un hombre descalzo pide limosna mostrando su vientre desnudo y herido para invocar compasión. Sostiene con su mano derecha una sucia bandeja de plástico, donde caen las monedas de los generosos. Con su mano izquierda se agarra la panza, como si temiera la caída estrepitosa de sus tripas sobre el pavimento.
Un niño pequeño abandona la mano de su madre y se echa a correr. Juega a escapar y espera que lo atrapen. Pero la madre no tiene tiempo para jugar, ni le da la gana andar correteando al niño en medio de la muchedumbre. Le grita que se detenga y, de dos zancadas, lo alcanza. Otro grito pone a funcionar los lagrimales del infante que ahora es arrastrado con violencia, y “cuidadito sigas llorando porque aquí te dejo”.
Una mujer madura camina segura entre la gente. Un perfecto maquillaje le ayuda a disimular —o a hacer más agradables, como se quiera ver—, las arrugas que marcan su rostro de piel blanca. Cada tres pasos humedece con la punta de la lengua sus labios pintados de rojo; cada cuatro pasos se echa detrás de las orejas el cabello negro. Aún contonea con gracia sus caderas y ese vaivén no pasa desapercibido. Un caballero finísimo le pellizca las nalgas y sale corriendo: pasa frente a un policía que ni se inmuta. La mujer madura, que se arregla coqueta para salir a la calle, palidece de indignación y masculla furiosa un “hijo de puta”.
Un anciano se sienta a comer palomitas de maíz en su banca preferida. De vez en cuando comparte su refrigerio con un grupo de palomas —que no son de maíz—. Una paloma, dos palomas, cinco palomas, una docena de palomas rodean al anciano y lo despojan tímida y amablemente de su alimento de mediodía.
Un par de adolescentes entre punketos y darketos —o incluso eskatos—, se besa en una esquina. El intercambio de saliva es inversamente proporcional a su pasión por la vida y además, está aderezado por el cigarro —acaso de mota—, compartido. Se miran a los ojos —con pupilentes que recuerdan la pupila gatuna— y ensayan una sonrisa con sus labios atenazados con aretes. En uno de esos guiños que construyen todas las parejas —o casi todas—, él toma la mano izquierda de la darketa —o punketa o eskata— que lo acompaña y recorre con la punta de la lengua la cicatriz que vive en su muñeca. Ella emite un “ouch” ni darketo ni punketo —más bien calenturiento—, y coloca su mano, muñeca y cicatriz sobre el pecho del darketo —o punketo o eskato, es lo mismo— que la acompaña. “Esa es mi cicatriz”, dice el tierno adolescente que se quita la máscara.
Todo eso ví en los Portales de Toluca.

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