jueves, junio 28

Buscando un baño

Después de media hora de conversación, el poeta que habla chistoso abandona su asiento para acompañar a los tres o cuatro escritores que se desgañitan a media plaza intentando que la gente —esa que va pasando porque es un lindo y caluroso sábado familiar—, se detenga al menos durante dos minutos, tiempo suficiente para escuchar uno de los mil y un microcuentos que hay para contar.
La solidaridad del poeta es también el momento que la pseudonarradora aprovecha para buscar un jodido baño en ese H. y caliente pueblecillo, sin adivinar la aventura que le esperaba, movida como estaba por su deseo natural de mear.
Luego de caminar desesperada pero disimuladamente entre la micromultitud de curiosos, escritores, mirones, burlones, raperos y toda la fauna que puede reunirse en la plaza de un pueblo, a mediodía y en sábado, toma una sabia decisión: le pregunta a la mujer más cercana, dónde demonios hay un baño. La respuesta es tan simple como lógica: en palacio municipal.
La pseudonarradora, maldiciendo su estupidez, su falta de visión y ese problema que tiene con los adjetivos, se escabulle entre la gente aferrando el pedazo de papel que inteligentemente guardó esa mañana en la bolsa de su pantalón.
Su esfuerzo se ve coronado con la visión de un bonito letrero que indica la ubicación precisa del baño de damas pero, ¡tragedia bíblica!, está cerrado. Poniendo todo su intelecto al servicio protector de su vejiga, la pseudonarradora camina apretando las piernas hasta que logra encontrar el baño de los hombres.
Vale la pena señalar que esta mujer miónica no tiene inconveniente en orinar en el baño destinado a los fluidos masculinos, siempre y cuando no se encuentre un vecino impertinente.
En fin, que empuja con sus dedos la rechinante puerta del baño en cuestión, esperando encontrar a nadie y no imaginando encontrar un par de botas gigantes de militar, que asoman por debajo de una puerta y, para acabarla de joder, una peste a orina antiquísima.
La pobre e indefensa mujer, que estas alturas está casi morada por el esfuerzo de contener la orina, se recarga contra la pared esperando a que el sujeto que caga y perfuma el baño salga de una vez por todas. Después de dos minutos que se convierten en dos horas en virtud del delirio miónico, sale del baño un hombre casi negro de tan moreno, con la cabeza rapada y más de un metro noventa de estatura.
El sujeto, hay que decirlo, se rasca los huevos con una sutileza casi poética y se abrocha el cinturón con una brutalidad rayana en lo sensual. La pseudonarradora —a la sazón con la vejiga al borde de la explosión— pide permiso para entrar al baño, en virtud de que el espacio femenino está cerrado. Por toda respuesta, el soberbio protomacho le abre la puerta y la deja sola con su paranoia.
La narradora, al borde del desmayo, deja salir casi un litro de pipí con el miedo de escuchar en cualquier momento, la caída de orín de un vecino similar al que acaba de salir, de modo que se apresura y regresa corriendo a la plaza, donde ya la espera el poeta que habla chistoso, para invitarle un helado y contarle su próximo poemario: una serie bautizada “Una vaca tengo”.

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