miércoles, junio 27

Ausencia de vos

Despierta a las siete de la mañana con cincuenta y cinco minutos; los ojos hinchados y la mente en blanco, si es que tal cosa existe. Ocupa en retirar las lagañas, las cinco vueltas que aún le falta dar al minutero para marcar las ocho de la mañana en punto. Deja que el despertador se desgañite durante dos minutos y, después de mentarle la madre a la galaxia completita, se levanta encuerada a prender el calentador. Pierde quince minutos en buscar en la cocina y el comedor una infame caja de cerillos.
Camino al baño se saca los mocos de la nariz, introduciendo su dedo meñique en las fosas nasales. Las viscosas masitas verdes terminan embarradas en el muro más cercano; cinco moscas zumbadoras catan con sus patitas peludas el alimento fresco.
Ella continúa su camino y, en cuanto entra al baño, se da un golpe en el vientre que tiene como objetivo recordarle a su perezoso intestino que es la hora de cagar. Lamentablemente, la mayoría de las veces ese puñetazo no hace sino arrullar a sus huevonas tripas.
Luego de quince minutos y ante el inminente riesgo de reventarse una hemorroide, decide dejar de pujar y abre la regadera; templa el agua hasta sentirla tibia y se mete bajo el chorro. Suelta tres escandalosas ventosidades y ríe a carcajadas para no llorar a gritos.
Se enjabona de mala gana todo el cuerpo y talla con furia codos, rodillas y pies. Con un rastrillo de hojas melladas se rasura perfectamente el bigote y las axilas. Después se enjabona las piernas e invita al rastrillo a un sangriento viaje por su piel: se corta en repetidas ocasiones y retira sin fijarse cicatrices antiguas. La sangre se va por la coladera, como si nada. Y ella lo mira todo, también como si nada. Las piernas le arden por el agua caliente, le arden más cuando se pone jabón y la hacen gritar —para no llorar en susurros— cuanto se talla con los zacates que venden las marchantas en el mercado.
Lava sus calzones sucios en el chorro de la regadera, mientras piensa que otra vez no tiene ropa limpia en el clóset. Termina de bañarse y camina chorreando hasta su cuarto. Seca su cuerpo con una toalla mugrosa y pone pedacitos de papel de baño en las heridas de sus piernas.
Busca y rebusca en el bote de la ropa sucia algo que no se vea tan puerco ni huela tan mal. De nueva cuenta suelta tres escandalosas ventosidades y se dobla sobre su vientre por el dolor que le provoca el excremento atorado.
Se mira desnuda en el espejo y una vieja náusea le atenaza la tráquea. Respira profundo para no vomitar y se recuesta sobre las sábanas sucias. Los ojos rojos le arden y pesados lagrimones ruedan por sus mejillas pálidas. Se acomoda en posición fetal y se chupa el dedo gordo como si fuera un niño pequeño.
Entonces decide que no, que trató de bañarse y arreglarse para salir a la calle pero que, otra vez, no lo conseguirá. Se frota las piernas y retira los pedazos de papel que detenían su mísera hemorragia. Deja que las sábanas se manchen ahora de sangre. Cierra los ojos pedazos de fuego, chupa su dedo desesperada y grita que no, que no piensa salir a un puto mundo en el que no está Él. Que no pondrá un pie en una calle donde Él no la espera.

1 comentario:

Shirley dijo...

Lo he sentido. Lo he vivido.