jueves, junio 28

El ácido, sensual y divertido Juan Luis Nutte


Imposible hablar de Juan Luis Nutte y su obra —en particular su último libro: Imágenes ligeras—sin mencionar, aparentemente por accidente, ciertos rasgos definitivos de su carácter que, de manera irremediable, permean sus textos.
La que esto escribe conoció a Nutte hace poco más de un año. Fue en el Centro Toluqueño de Escritores, uno de esos sábados gélidos a los que nos tiene acostumbrados esta ciudad. Juan Luis Nutte apareció de repente y sin invitación, sosteniendo con la mano izquierda una botella de tequila y con la derecha un amigo de identidad desconocida, un poquito más ebrio que él.
Incluso antes de ser presentado, Nutte ya me estaba ofreciendo un trago con ese estilo suyo, natural y desenfadado, que lo hace caer bien entre los chavos a pesar de haber rebasado ya la barrera de los treinta y ser un responsable padre de familia.
Antes de esta etílica presentación, Juan Luis Nutte era un nombre que yo había oído mentar por lo menos una docena de veces: escritor reconocido en el ámbito estatal, es fundador y editor de la Revista Cuiria, publicación que, junto a Castálida y La Colmena, se ha convertido en una ventana frecuentemente visitada por los creadores de la entidad.

El ligerísimo Nutte
“Escribo libros para que me lean, para indagarme a mí mismo”, dice, ensayando seriedad, el buen Nutte; “escribo porque es lo único que se hacer, para divertir a los demás y también divertirme”, suelta entre carcajadas, el buen Nutte.
El sentido del humor ácido que en ocasiones puede tornarse doloroso, es una constante en la narrativa de este escritor nacido y formado en el Distrito Federal. Finales sorpresivos y ambiguos, anécdotas hilarantes con un dejo de nostalgia, relaciones de pareja insatisfechas, búsquedas de amor condenadas al fracaso y una exploración inconciente —eso dice Nutte— de la sexualidad, la sensualidad y el erotismo, se han convertido en su sello personal.

El peso de esas Imágenes ligeras
De Editorial Praxis, Imágenes Ligeras es un compendio de dieciocho relatos, en su mayoría cuentos breves, que originalmente eran una indagación del tema amoroso y sus transformaciones. Lo erótico-sexual —que se convierte en la parte medular de los textos— “me sale inconcientemente”, dice muy quitado de la pena el cínico Nutte: “Se me filtra la insatisfacción y la dejo escrita”, juega; “luego me preguntan que si es por cogelón”, concluye entre risas.
Imágenes ligeras es un libro ameno y divertido que lleva al lector de la mano en un paseo por moteles, cantinas futuristas, ferias de pueblo y habitaciones de pareja.
Una lectura profunda nos hace caminar en medio de una exhibición de lujuriosa carne y escenas eróticas que, sin embargo, termina en un paisaje triste y desolador. En una tierra —a la vez propia y ajena—, donde la frustración es reina. ¿Será que Nutte ríe cuando quiere llorar?

Las canicas de Juan Luis
Actualmente Juan Luis Nutte dedica buena parte de su tiempo a la difusión de sus Imágenes ligeras y prepara una novela. Este proyecto, que podría estar listo en agosto o septiembre de este año, plantea una exploración en las temáticas del autoaislamiento y la angustia de la muerte, una búsqueda que concluye en “asumir la soledad”, con su buena carga de erotismo, desde luego.
Paralelamente, el narrador inició junto a sus compinches, una reestructuración en Cuiria —canica, todas las secciones de la revista aluden a los distintos juegos de canicas—que por el momento no se está editando.
En ambos proyectos Juan Luis pondrá toda su atención para que no se le salgan los “albures involuntarios”. Y es que en Imágenes ligeras hay uno que recuerda retorciéndose de risa: en la página 34 vive el cuento titulado “Cuando te abrí”, y en la página 35 la ficción llamada “La cola”. Quede para el lector la última travesura —inconciente, por supuesto— del ácido Nutte.

Ojo Izquierdo:
Juan Luis Nutte (México, DF, 1972) estudió la licenciatura en letras hispánicas en la Universidad Autónoma Metropolitana-Iztapalapa; es egresado de la Escuela de Escritores de la Sogem. Fundador y editor de la revista Cuiria. Colaboró en El Búho de Excélsior. Publicó el libro de cuentos Anécdotas Sedientas (UAEM-X). Algunos de sus cuentos están incluidos en las antologías Animalia. Bestiario Fantástico (Ediciones del Ermitaño) y Sex-teto y otras piezas para cuatro manos (Ediciones del Ermitaño).
Imágenes Ligeras, de Editorial Praxis, se encuentra a la venta en la librería del Centro Toluqueño de Escritores (Plaza Fray Andrés de Castro, Edificio A, Local 9, Zona Centro, Toluca Edomex).

De insomnios y otros cuentos


Un emocionado Eduardo Osorio traga saliva y aferra el micrófono para decir “este ha sido un triunfo de la imaginación y la fe poética” y cerrar con broche de oro la sexta lectura maratónica de cuento breve en Ixtapan de la Sal que, como parte del VII Festival Internacional de Cuento Brevísimo: Los mil y un insomnios, tuvo lugar en ese municipio el pasado sábado 9 de junio.
Más de cincuenta escritores y lectores del estado de México y de todo el país, se dieron cita en Ixtapan de la Sal para leer, contar, reír y entablar un diálogo directo con el público. Un intercambio que tiene como moneda a la palabra, en un esfuerzo que intenta exprimirle la tinta al lenguaje escrito y regresarlo a las gargantas y las plazas públicas.
Detrás de esta maratón hay por lo menos dos meses de intenso trabajo; de organización planeada al modo de los escritores, que sueñan aun en el insomnio.

Un poco de historia, un mucho de esfuerzo
Hace siete años se realizó el Primer Festival de Cuento Brevísimo: Los mil y un insomnios, encabezado por el Centro Toluqueño de Escritores A. C. (CTE) y desarrollado gracias al compromiso de por lo menos un centenar de voluntarios de distintas disciplinas y al coraje de grupos e instituciones culturales hermanas.
En un escenario que a todas luces se erige como opositor e, incluso, cazador de la cultura, resulta milagroso –por decirlo de algún modo–, que un grupo de artistas, sin recursos y sin otra intención que darle salida pública a su trabajo, logren llamar la atención de todo tipo de personas para que escuchen, durante breves minutos, un cuento, una historia, un mundo.

Cuentos que decantan insomnios. Y viceversa
Las lecturas de cuentos breves, que se realizan en rancherías, museos, escuelas, casas de cultura, bares, universidades, cantinas e incluso en plena calle, suelen ir acompañadas por la pregunta: ¿qué es un cuento brevísimo? Los textículos –así nombrados por el escritor José Agustín- son parte de una moderna corriente literaria, “propuesta tan breve como compleja que atrae por sus resultados, (…) es una práctica constante de narradores, poetas, ensayistas, científicos y otros escritores que pretenden asir lo fugaz y fractal de su imaginación y experiencia”, manifiesta Eduardo Osorio.
Microrrelato, ficción súbita, instantáneas, retazos, miniaturas, cuentecillos, pildorillas, breverías, minificciones, flashazos, son algunos de los múltiples motes que ha recibido el subgénero que, para efectos del Festival Internacional de Cuento Brevísimo, fue limitado a ficciones de mil seiscientos caracteres como máximo, en un afán –acaso ilusorio– de poblar con orden la entropía.
Dicen, los que saben, que mil y un sueños es el promedio anual de viajes oníricos que todo ser humano experimenta. Asumen, los escritores, que sus historias derivan del mismo número de insomnios y agonías. Que cada texto es, por sí solo, motivo o consecuencia de amores, desilusiones, fracasos, sueños y ese extraño visitante que los arranca de tajo: el ben(mal)dito insomnio. Preludio, además, de horrísonas pesadillas.
De ahí el nombre de este festival que es, lógicamente, una fiesta lúdica que tiene como colofón a la belleza.
Vale la pena detenernos también en la palabra Internacional. El festival inició como un esfuerzo netamente regional, focalizado en la ciudad de Toluca. Sin embargo, gracias a la solidaridad de los que sólo hacen y promueven literatura, se ha extendido a Centro y Sudamérica. Este año el insomnio atacó Argentina, Chile, Uruguay, Guatemala, El Salvador y Perú.

Esa maratónica lectura
Ixtapan de la Sal se ha convertido, desde hace seis años, en el espacio tradicional para cerrar el Festival Internacional de Cuento Brevísimo. Este 9 de junio, la sexta maratón comenzó alrededor de las 10:30 de la mañana, con la primera mesa de escritores que, una vez espabilados, tomaron uno a uno el micrófono para compartir con la gente –estudiantes, maestros, familias, amigos, turistas– retazos de su insomnio. Frutos de la duermevela del artista.
Más de veinte mesas integradas por cuatro o cinco escritores, se sucedieron a lo largo de la jornada. El trajinar de la gente puso el toque de suspenso; grupos de estudiantes ocuparon las sillas dispuestas en la explanada, justo frente a Palacio Municipal; familias completas en su paseo sabatino, sorbieron helados coronados con un cuento; escritores trasnochados fumaron cigarros y escucharon a sus compañeros, esperando turno para pasar a la mesa; un mendigo pidió limosna e hizo a los presentes, recordar otros asuntos…
De amor, de desamor, de pareja, sensuales, sexuales, transexuales y zoofílicos; etílicos, marihuanos, divertidos, albureros; metafóricos, con moraleja sin moralina; de ángeles y demonios, mágicos, de nigromantes; violentos, de narcotraficantes y venganzas; suicidas y asesinos; de incestos y lolitas; los cuentos se convirtieron paulatinamente en los borregos enemigos del insomnio.
Alrededor de la siete de la noche, el CTE en voz de su presidente Eduardo Osorio, clausuró la sexta maratón de cuento de Ixtapan de la Sal y por ende, el VII Festival Internacional de Cuento Brevísimo: Los mil y un insomnios. Los escuchas escaparon para dirigirse, seguramente, a sus camas. Los escritores fraguaron en silencio la cita del próximo año. Cada quien, en fin, se fue a contar borregos a otro lado con la sonrisa del insomne satisfecho.


Ojo Izquierdo:
Grupos culturales e instituciones participantes:
Bar del Puerto, Dársena 3, Colectivo Artístico Morelia, Revista Las Sumas Voces, Centro de Actividades de Desarrollo Humano Ehwaz, Gog y Magog, Matlazinca A. C., Molino de Letras, Cuiria, Colectivo Cultural La Tarántula Dormida, Quetzalcóatl cafetería, librería y galería, Grupo Cultural La Iguana, A-Brace (Uruguay), Mixtura (Uruguay), El Quinteto de la Muerte (Argentina), Centro Pen de Guatemala, Asociación Salvadoreña de Trabajadores de la Cultura; Universidad Autónoma del Estado de México, Instituto Mexiquense de Cultura, Colegio de Bachilleres del Estado de México, Centro de Estudios Superiores Mahatma Gandhi, Dirección de la Juventud; Gobierno Municipal de Ixtapan de la Sal, Gobierno Municipal de Temoaya, Centro Cultural ISSSTE y Centro Cultural Regional de Ocoyoacac.

Ojo Derecho
Sedes
Toluca: Biblioteca Pedagógica, Facultad de Humanidades de la UAEM, Centro Cultural ISSSTE, Escuela Normal de Profesores, Colegio de Bachilleres del Estado de México, Centro de Desarrollo Humano Ehwaz y Centro Toluqueño de Escritores.
Municipales: Zinacantepec, Metepec, Nezahualcóyotl, Atizapán, Chalco, Ecatepec, Texcoco, Lerma, Coacalco, Atlacomulco, Amecameca, Ocoyoacac, Capulhuác, Tejupilco, Tenancingo, Calimaya, Ixtapan de la Sal y Temoaya.
Nacionales: Morelia (Michoacán), Comitán y San Cristóbal de las Casas (Chiapas), Tepic, (Nayarit), Acapulco y Chilpancingo (Guerrero).
Internacionales: Montevideo (Uruguay), Buenos Aires (Argentina), Santiago de Chile, Guatemala, San Salvador (El Salvador) y Lima (Perú).

Tercer ojo:
Escritores participantes: Eduardo Osorio, Marco Aurelio Chávezmaya, Sergio Ríos, Alonso Guzmán, Luis Antonio García Reyes, Alejandro Ostoa, Edith Garcíamoreno, Luz del Alba Velasco, Blanca Leonor Ocampo, Blanca Aurora Mondragón, Alejandro Gracida, Verónica Zamudio, Abelardo Hernández Millán, Verónica Olguín Vigil, José Falconi, Humberto Florencia, José Luis Herrera Arciniega, Alejandro León, Alfonso Sánchez Arteche, Juan Manuel de la Cruz, Cecilia Juárez, Esteban Reynaud, Roberto Omar Román, Mauricia Moreno, Daniela Bojórquez, Federico Vite, Juan Luis Nutte, Jesús Bartolo Bello López, Elisena Ménez, Armando Alanís, Rodrigo Ocádiz, Christian Hernández, David Coronado, Sergio García Díaz, Regina Freyman, Eduardo Villegas, Damián Marín…

La Agonia de la Marmota



Un desconocido echó por tierra mi vicio innato de clasificar, bajo quién sabe qué parámetros, los libros en buenos o malos. Ese hombre —que ahora pienso era un enviado de la providencia—, caminaba sobre la banqueta en una ciudad que ya no importa. Si rescato ese momento del atrofiado archivo de mi memoria, no es porque el sujeto en cuestión fuera particularmente atractivo —nada había de cadencioso en sus caderas—, sino porque sostenía con su mano derecha un libro que devoraba a cada paso. El enviado de la providencia sorteaba —ayudado por artes de nigromante para mí desconocidas—, los postes, desniveles, personas y animales que encontraba en su camino. Todo con tal de no perderse ni una sílaba de lo que estaba leyendo.
Era la hora infame de la canícula, pero yo sabía que la visión no era producto de mi alergia a ese sol que otros aman, sino un regalo para mi entonces incipiente pasión por la literatura. Desde ese momento, más que clasificar, aprendí a reconocer en la primera hoja aquellos libros que vale la pena leer de pie. Aquellos cuyo tejido es capaz de morderte de manera que no puedes despegarles la vista.
Soy afortunada: más de una vez he llegado a la frase final de un libro estando a dos centímetros de estrellarme contra un árbol. Me declaro aún más afortunada, pues, sin temor a equivocarme y sin afán de adular, La Agonía de la Marmota, de Alonso Guzmán, no sólo es el texto que conquistó el Premio Estatal de Novela 2005 “Alejandro Ariceaga”, convocado por el Centro Toluqueño de Escritores sino también, uno de esos libros que hay que leer de pie.

Santiago de la Mora, novelista
Una primera lectura de La Agonía de la Marmota, nos escupe en la cara a su personaje principal: Santiago de la Mora, joven estudiante que aspira a convertirse en novelista; que quiere escribir “una novela donde nunca suceda nada, que sea tan estática como el circular pensamiento de los hombres”. Santiago —parco misántropo— observa y cuestiona con ironía a “ese triste animal (que) es el hombre”; se solaza y asquea en medio de una sociedad que fabricó e institucionalizó al Dios Consumismo, para no sentirse huérfana luego de la muerte del Dios primigenio.
Santiago rompe su mutismo frente a Gerner, la nueva promesa literaria, a quien muestra sus escritos y proyectos, acaso en un vano intento por conseguir aprobación. Gerner se erige como personaje fundamental, toda vez que Santiago deposita en él buena parte de su errabundo pensamiento, recibiendo a cambio silentes respuestas que laceran cual navajas.
De la Mora vence su misantropía y ama a Leonor, mujer difusa de ojos miel, a quien le entrega su vida “ten Leonor a Santiago y haz de él lo que te plazca, ya bésalo entre nenúfares, ya quiébralo entre cristales, ya conságralo, ya redímelo”. Pero ella lo tolera por piedad; hacen el amor “convencidos de ser una fruta sin semilla a punto de desprenderse de la rama”, porque él la ama de la única manera que conoce: destrozando.
Ese amor que destroza, es también la constante de la relación del protagonista con su madre: una anciana mutilada con la que intercambia frases lastimeras. Santiago le demuestra su amor encerrándola; gasta su dinero en cerraduras que prometen ser inviolables, porque conviene mantenerla encerrada en casa para que no “dañe la humilde muerte de los perros”
En su perpetuo discurrir, Santiago repetido hasta el infinito, evidencia que nadie puede vivir mirando de frente a la verdad sin caer enfermo. Nos abofetea con la certeza de que si lo pendejo doliera, todos desfalleceríamos en un grito. Porque morimos todos los días, agonizamos siempre sin darnos cuenta. Nadie lo nota, excepto Santiago. Nadie como él para sufrirlo.

Ciudad de calles meretrices
Una segunda lectura de la novela de Alonso Guzmán nos muestra a la que, desde mi punto de vista, es la verdadera protagonista: la ciudad. Esa “¡Puta ciudad levadiza, huidiza, guanga como el pabilo de una cera derretida! ¡Puta como las palabras, mil veces eyaculada, eyaculadísima de luz, pécora”.
Esa ciudad de calles meretrices, recuerda su pasado sangriento y reprocha el cotidiano pisoteo de sus hijos, con la voz cascada por la ponzoña del tiempo. La ciudad, que a juicio de Santiago ostenta “el nombre más horrible de la historia de las ciudades”, deprime, ahoga, asfixia con su rostro embarrado de caca; germina y se lamenta, temerosa de “la luz que la ha de llevar a la muerte. Porque las ciudades le temen a la luz. La luz como mutilación”.
Todo se traga la oquedad de esta ciudad, todo vomita. Devoran a Santiago las lúgubres calles: vomitan moscas y bestias fantásticas. Mastican los portales a Leonor: vomitan su terrible ausencia. Se tragan sus mercados a la madre mutilada: la vomitan revolcada en alcohol, mierda, sudor y orín, acaso como evidente metáfora de su propio destino miserable. Ciudad emputecida que, a pesar de todo, luce nimbada por un aterradora belleza.

Flor de estercolero
Sospecho que Alonso Guzmán sabe que la maxima experimentación está en la novela. Sospecho que bajo esa premisa se autocuestiona, usa a Santiago como el pretexto de su búsqueda y, en el camino, le da rienda suelta a su diáfana prosa; formula preguntas que tocan su entorno literario y encuentra respuestas al drama interior del escritor.
Santiago chapotea en su desamparo y nada en la mierda de la ciudad. Resulta increíble que en la pastosa porquería logre hallar —quizá sin saberlo—, un atisbo de eso que llaman belleza.
La Agonía de la Marmota es una palpitante flor de estercolero: inmutable en medio de la decadencia. Santiago, hastiado como está de vivir, no repara en la existencia del prodigio. Quizá dirige a esa flor una distraída mirada. Quizá la pisotea. Quizá la orina. No importa: lo fundamental es que Alonso la rescata porque comprende que “crear una flor es de por sí un acto divino”.
Sublime resulta que, armado con una prosa tan intensa que parece poesía, logre entregar al lector esa flor dos centímetros antes de que se estrelle sin ceremonia contra un vetusto árbol de su propia ciudad. De su propio estercolero.

Ojo Izquierdo:
La Agonía de la Marmota obtuvo el Premio Estatal para Primera Novela “Alejandro Ariceaga”, otorgado por el Centro Toluqueño de Escritores A. C. Se encuentra a la venta justamente en las instalaciones del CTE: Plaza Fray Andrés de Castro, Edificio A, Local 9, Zona Centro, Toluca, Edomex.

Ojo Derecho:
Alonso Guzmán (Toluca, 1980), egresado de la Facultad de Humanidades de la Universidad Autónoma del Estado de México, ha estudiado en talleres literarios y en la Escuela de Escritores de la Sogem. Miembro del grupo Mirabilis, ha publicado en las revistas Castálida y Cuiria; en Gambusinos: Antología del Grupo Urawa y en Los mil y un insomnios: Antología del festival del cuento brevísimo.

Aborto nuestro de cada día

Víctor Hugo Círigo, presidente de la Asamblea Legislativa del Distrito Federal, reportó este martes que desde abril a la fecha, se han realizado más de 560 abortos en los hospitales capitalinos.
Eso significa que en casi dos meses, todos los días entre nueve y diez mujeres han tomado la decisión de interrumpir un embarazo y, lo que es más importante, han ejecutado esa decisión sin problemas ni riesgos para su salud.
Círigo también dijo que el 64% de los abortos fue practicado en mujeres que viven en las delegaciones Iztapalapa y Gustavo A. Madero que son, fíjese usted, las que registran los más altos niveles de pobreza de la capital mexicana.
El intenso y lacrimógeno debate que derivó en la despenalización del aborto en la Ciudad de México, ya terminó —al menos en apariencia—. Durante días e incluso semanas, no se habló de otra cosa. Todos los grupos, asociaciones civiles y cofradías "a favor de la vida", habidas y por haber en este país, se dedicaron a hacer marchas, manifestaciones y plantones para evitar la expansión del mal patrocinada por las hermandades, sectas y congregaciones apóstatas malditas.
La polémica despenalización se convirtió para muchos en una piedrita en el zapato, por decir lo menos. Para otros —para otras, en realidad— ha significado no sólo un alivio sino una salida para una situación que, dependiendo de las circunstancias particulares, puede adquirir matices caóticos y hasta suicidas.
Resulta que hace poco entré en conflicto por toda esta cuestión abortera. Sobre todo porque mi intensa actividad —sí cómo no— exigía que me expusiera diariamente a la visión de por lo menos 20 fotos de fetos abortados, mutilados, succionados, masticados y escupidos.
Pero ahora que conozco las cifras que orgullosamente presume Círigo, considero que la despenalización del aborto en el DF ha sido, después de todo, una buena idea. Una decisión necesaria y urgente.
Más de 560 mujeres han tenido la opción de decir que no. No, gracias. La regué pero no me siento lista, entre otras cosas. Me atrevo a asegurar que esa decisión no es nada fácil y que todas esas mujeres lloraron a moco tendido antes y después del legrado. No dudo que de repente las asalte la culpa y que, incluso, algunas de ellas lo seguirán llorando toda la vida. Sin embargo, creo que eso es mucho mejor que haber traído al mundo a más de 560 niños que sufrirían una madre poco amante y muy frustrada; mucho mejor que ver a más de 560 niños abandonados, o medio muertos de hambre, o qué se yo.
Finalmente, a pesar de lo grotesco que pueda parecer, el aborto como derecho viene a proteger, sin proponérselo, a una posible niñez que viviría sufriendo. En buena hora, pues. Y los abortos que faltan. Y las despenalizaciones que nos quedan, por ejemplo aquí, en el estado de México.

Diez colores más para Otto

“Estoy preparado para recibir a esa novia que se llama muerte. Ni me apena, ni me preocupa, pero sé que ya está cerca el final" dijo recientemente Otto Raúl González. Lo dijo sereno a sus ochenta y cinco serenos años, en la presentación de "La vuelta al mundo en 80 poemas". Lo dijo saboreando la certeza.
El pasado sábado murió en la ciudad de México el poeta Otto Raúl González. Dicen que era guatemalteco pero, en realidad, luego de sesenta años de vivir y escribir en México, ya era un mexicano más.
El maestro Otto Raúl se fue sin dejar de ejercitar su pasión: escribir. "Estoy llegando al invierno de mi vida, lo que hago es seguir escribiendo, escribir y fumar. Me moriré escribiendo y fumando... seguiré luchando por la poesía, seguiré instalado en estas cámaras de tortura de la poesía, que en cierta forma sí son así, pero que tienen salidas hacia otras cosas muy distintas como la felicidad, el placer y la alegría de vivir".
Fumando escribió Otto Raúl cuarenta libros de poesía. Le cantó a la mujer, a la naturaleza y, además, a la lucha social y a la libertad. Porque Otto era —según me cuentan quienes lo conocieron— izquierdista, tequilero y coqueto. Muy coqueto.
“Apenas te veía y ya te estaba preguntado ¿cómo te llamas?”, me contó un pajarito; “se sentaba al sol y dormitaba con su botella de tequila a un lado”, me contó otro.
La que esto escribe no tuvo el placer de conocer al maestro Otto Raúl González en persona. Pero ha tenido y seguirá teniendo el placer de leer sus libros que, en el caso de un escritor, es más que suficiente.
Y es precisamente por haber conocido al maestro Otto Raúl a dos tintas y en papel bond ahuesado, que sentí una triste punzada en el estómago al enterarme de que había fallecido.
No creo en la vida después de la muerte ni en nada por el estilo. Lo que sí sé es que Otto seguirá presente y vigente mientras haya una persona —al menos una—, que lea sus libros. Gracias a su sensibilidad, el maestro nos legó poemas preocupados por los problemas inmediatos del hombre; festivos, angustiosos, épicos y con un gran sentido del humor.
“Concierto para metralleta” (Cantigas para el Che Guevara), “Diamante Negro”, “Colibrí y conejo”, "La vuelta al mundo en 80 poemas", “Para quienes gustan oír caer la lluvia en el tejado” y “Diez colores nuevos” son una muestra de su infatigable actividad artística.
En particular “Diez colores nuevos” es un libro bellísimo —y también uno de los más conocidos: ha sido reeditado más de 30 veces— en el que Otto Raúl juega a inventar diez nuevos colores con los que describe —e ilumina— varios sentimientos humanos.
Y ya que no hay, por más que busquemos, un color capaz de describir esto que se siente con la ausencia física del maestro —si le pasa a una desconocida, imaginen lo que le pasa a los conocidos— sólo espero que, en el momento final, Otto Raúl se haya llevado la imagen, la certeza, de que nos iluminó para siempre con sus diez colores y mucho más.

El Mago

Como no tengo cosa mejor que hacer, contaré algo que a nadie le importa. Cuando alguien muere, nunca falta el fulano, sutano o perengano que, de buenas a primeras se convierte en querido e íntimo amigui del occiso reciente —o del muerto fresco, que suena más bonito—.
Esta actitud siempre me ha parecido propia de seres dejados de la mano de dios, que de alguna manera intentan hacer que la gente los mire y, como no tienen méritos propios, se tienen que agarrar de los tenis que un infortunado acaba de colgar. Si no me creen recuerden que ahora medio mundo conoció, trabajó, le estrechó la mano o le limpió los mocos a San Colosio.
Hago esta aclaración porque quiero hablar de un muerto que, sin embargo, sigue muy vivo y que no, no tuve el placer de conocer. Bueno, sí lo conocí —agréguese en esta parte del texto una risa sarcástica y escandalosa— o, para ser más precisos, fui a uno que otro concierto suyo, que no es lo mismo que lo mesmo.
Hablo de Abel Velásquez, “El Mago” cantautor porque le dio la gana, oriundo de estas gélidas Tierras Altas. El joven Abel, según me contaron algún día las malas lenguas, estudió una prometedora carrera en una prestigiosa institución educativa. Sin embargo, qué le vamos a hacer, se convirtió —o quizá sólo se descubrió— en algo así como la oveja negra de la familia, pues resulta que lo último que le interesaba en la vida era ir a encerrarse a una empresa —sueldo base más prestaciones de ley, de 9:00 am a 6:00 pm con dos horas de comida, descanso los fines de semana y guardias una vez al mes—. Abel quería cantar. Escribir canciones y cantarlas. Andar por las calles de Toluca con su panza y su guitarra, ambas características esenciales e inamovibles de su personalidad.
Yo supe de la existencia de “El Mago” por la lengua viperina de cierto mengano que no vale la pena recordar. Fui a sus conciertos —o toquines metepequenses muy sabrosos para ser más precisos— varias veces; jamás le dirigí la palabra, ni me miró. Ni siquiera me firmó un disco ni se tropezó conmigo. Pero a mí, como a muchos, me dolió saber que había muerto tan joven. Dicen que se fue mientras grababa un disco.
Han pasado varios años desde aquello y si hoy rescato ese recuerdo es porque, como dije al inicio de este intento de columna, no tengo cosa mejor que hacer; pero además, resulta que Car, una chica muy bella con la que trabajo, me prestó unos discos de Abel y fui muy, pero muy feliz. (Ya le prometí no suicidarme).
A ese milagro hay que sumarle que llevo más de un mes dolida —pero esa es otra historia—... Total, que me he dado la desvelada de mi vida cantando entre susurros —para no despertar a mis vecinos— las canciones de “El Mago” que no muere, sobre todo una que aplica en estos tristes tiempos: Aguanta corazón, no me abandones...

A primera vista

Juro que antes de ese bendito y literalmente iluminado momento, la que esto escribe se había pasado más de la mitad de su corta pero arrugada vida, despotricando en contra del amor a primera vista.
Con la inocencia —rayana en la beatitud— que me caracteriza, había satanizado siempre la muy incoherente lógica bajo la que opera ese sistema. Es decir, me parecía imposible que, de buenas a primeras, sin decir agua va y nomás por que sí, uno pudiera enamorarse y ofrendar la salud, el dinero y la vida completita al ente elegido.
Pero he aquí que más rápido cae un hablador que un cojo, porque —¡oh, Dios mío!—, me enamoré a primera vista. Irremediable y perdidamente, como debe ser.
Sucedió hace más de cuatro años. Yo visité a mi querido hermanito —ese del que no me pude deshacer en la infancia— en la universidad en la que estudia —tanto una carrera como los efectos que ciertas sustancias provocan en el organismo—. Deambulé un rato por el campus en lo que ese pequeño insecto se desocupaba y terminé, como suele sucederme, en la librería escolar.
Era este un espacio ni muy grande ni muy pequeño pero eso sí, muy bien surtido. Así que ni tarda ni perezosa me puse a recorrer sus estrechos pasillos nomás por aspirar durante un rato el aroma del papel y, desde luego, para ver qué me encontraba.
De pronto, apareció ante mis ojos. Juro por lo más sagrado —es decir, mis cuatro hijas: Ula, Garnacha, Molleja y Anfetamina—, que estuve a punto de desmayarme. De hecho un jovenzuelo de no malos bigotes me sostuvo. La visión me dejó perpleja, patidifusa y turulata —algunos, en pésimo chiste, dirán que no se me ha quitado—. Después agarré valor y caminé lentamente hasta el sitio en el que se encontraba el objeto de mi amor arrebatado.
Vi entonces en toda su magnificencia la Historia General de México. Con el ojo temblándome por el peso de las lágrimas, pude apreciar la hermosa edición en pasta dura del Colegio de México. Más de mil páginas de papel bond ahuesado —cultural pues—, y casi dos kilos de peso. Lloré como una Magdalena porque no pude pagar —¡ay, la jodidez!— los más de cuatrocientos pesos que costaba en ese entonces.
Pero Dios —o el Diablo, vaya uno a saber— me hizo justicia. El pasado viernes me lancé al DF con un amigo al que para efectos prácticos llamaremos El Manipulador. Este hombre, escritor y cínico profesional, me guió por el Centro Histórico: de puesto en puesto cazando joyas.
Una vez que nos hartamos, El Manipulador me llevó a la librería del Fondo de Cultura Económica y claro, cada quién agarró por su lado, aunque de cuando en cuando nos buscábamos entre los pasillos para mostrar la maravilla descubierta.
Entonces lo vi: estaba ahí, sentadito como quien no quiere la cosa. Me hizo ojitos, supe que me había estado esperando y que ya era hora. Efectivamente, luego de tanto tiempo estaba a mitad de precio, así que le tendí la mano y lo traje conmigo. Volvía a llorar como Magdalena, para qué negarlo, pero esta vez, por el malsano placer de recorrer sus páginas. Provecho, dígome a mí misma.

Sobreviviendo

i. La sopa
“Los azules llegaron a partirnos la madre. No quiero decir que antes, con los tricolores, todo fuera miel sobre hojuelas pero, ciertamente, la cacería de brujas y el acoso no llegaba a estos extremos”. El poeta que no habla chistoso pero come muy rápido, imita al lobo del cuento y sopla y resopla su humeante plato con sopa de letras, mientras yo le pongo sal a mi crema de elote.

ii.- El arroz
“Las buenas comidas corridas deben llevar a huevo sopa y arroz. Si no comes arroz —pero bien hecho: rojo, con chicharitos y zanahoria— es como si algo te faltara. Como que no te llenas. Algo similar, perdóname la vulgaridad del intento de símil, sucede con los libros. Nosotros, es decir, la gente como tú y como yo no podemos vivir, no nos sentimos completos, sin leer por lo menos una jodida página impresa todos los días. Es vital para la salud del alma. Los otros —los azules, los foxistas, los burócratas, los hijos de puta—, no tienen el corazón para viajar un libro. Ni el cerebro, por cierto, para desmenuzarlo. Para disfrutarlo. Esos pendejos dejan los chícharos en la orilla del plato”.

iii. El plato fuerte
“Hace poco supe del penoso caso de un grupo cultural de notequierodecirdónde. Habíamos hecho un convenio para intercambiar libros y armar de manera coordinada, una serie de presentaciones. Ya teníamos confirmadas la fecha y los invitados. ¡Hasta carteles teníamos! Pero ni madres: valió gorro. Resulta que dos o tres días antes del evento allá, me habla este hombre para decirme, muy apenado, que lo disculpara pero que había que cancelar el evento. Claro que me paré de pestañas y cuando estaba a punto de tirarle un rollo sobre la hermandad cultural, los compromisos y el clásico no seas ogete, me dijo que justamente ese día los había embargado hacienda —ni se te ocurra escribirlo con mayúscula—. !Imagínate¡ Esos hijos de puta creen que trabajamos como lo hace una fábrica de chescos. Que no me chinguen. Se les figura —si es que algo de imaginación tienen— que escribir un libro es como hacer ojales o pegar cierres. Que construir metáforas es como vender chorizo”. El poeta que no habla chistoso pero come muy rápido hunde su cuchillo en una pechuga empanizada con ensalada, guacamole y frijoles; corta un trozo de carne y se lo lleva a la boca, mientras yo me atraganto con unos tacos dorados.

iv. El postre
“¿Qué debes aprender de esto? Fácil, Laura: somos unos sobrevivientes. Esta es una carrera de resistencia; la cultura ha florecido en medio de los chingadazos. Hacienda, los azules, los tricolores, los amarillos, ese wey que no es mi presidente y toda su pandilla de analfabetas pueden gritar y mover todo lo que quieran. Siempre, Laura, ganará la imaginación. La cultura, las ideas sobrevivirán porque saben hacerlo, sin que tú o yo tengamos que mover un miserable dedo. ¿Y qué peleamos? ¿qué ganamos?” El poeta saborea entre sonrisas su gelatina, mastica con vehemencia, como si supiera que en unos minutos más dejará de respirar: “La belleza, Laura. Sólo eso: la belleza”

Buscando un baño

Después de media hora de conversación, el poeta que habla chistoso abandona su asiento para acompañar a los tres o cuatro escritores que se desgañitan a media plaza intentando que la gente —esa que va pasando porque es un lindo y caluroso sábado familiar—, se detenga al menos durante dos minutos, tiempo suficiente para escuchar uno de los mil y un microcuentos que hay para contar.
La solidaridad del poeta es también el momento que la pseudonarradora aprovecha para buscar un jodido baño en ese H. y caliente pueblecillo, sin adivinar la aventura que le esperaba, movida como estaba por su deseo natural de mear.
Luego de caminar desesperada pero disimuladamente entre la micromultitud de curiosos, escritores, mirones, burlones, raperos y toda la fauna que puede reunirse en la plaza de un pueblo, a mediodía y en sábado, toma una sabia decisión: le pregunta a la mujer más cercana, dónde demonios hay un baño. La respuesta es tan simple como lógica: en palacio municipal.
La pseudonarradora, maldiciendo su estupidez, su falta de visión y ese problema que tiene con los adjetivos, se escabulle entre la gente aferrando el pedazo de papel que inteligentemente guardó esa mañana en la bolsa de su pantalón.
Su esfuerzo se ve coronado con la visión de un bonito letrero que indica la ubicación precisa del baño de damas pero, ¡tragedia bíblica!, está cerrado. Poniendo todo su intelecto al servicio protector de su vejiga, la pseudonarradora camina apretando las piernas hasta que logra encontrar el baño de los hombres.
Vale la pena señalar que esta mujer miónica no tiene inconveniente en orinar en el baño destinado a los fluidos masculinos, siempre y cuando no se encuentre un vecino impertinente.
En fin, que empuja con sus dedos la rechinante puerta del baño en cuestión, esperando encontrar a nadie y no imaginando encontrar un par de botas gigantes de militar, que asoman por debajo de una puerta y, para acabarla de joder, una peste a orina antiquísima.
La pobre e indefensa mujer, que estas alturas está casi morada por el esfuerzo de contener la orina, se recarga contra la pared esperando a que el sujeto que caga y perfuma el baño salga de una vez por todas. Después de dos minutos que se convierten en dos horas en virtud del delirio miónico, sale del baño un hombre casi negro de tan moreno, con la cabeza rapada y más de un metro noventa de estatura.
El sujeto, hay que decirlo, se rasca los huevos con una sutileza casi poética y se abrocha el cinturón con una brutalidad rayana en lo sensual. La pseudonarradora —a la sazón con la vejiga al borde de la explosión— pide permiso para entrar al baño, en virtud de que el espacio femenino está cerrado. Por toda respuesta, el soberbio protomacho le abre la puerta y la deja sola con su paranoia.
La narradora, al borde del desmayo, deja salir casi un litro de pipí con el miedo de escuchar en cualquier momento, la caída de orín de un vecino similar al que acaba de salir, de modo que se apresura y regresa corriendo a la plaza, donde ya la espera el poeta que habla chistoso, para invitarle un helado y contarle su próximo poemario: una serie bautizada “Una vaca tengo”.

miércoles, junio 27

Del horror a la belleza

Un hombre descalzo pide limosna mostrando su vientre desnudo y herido para invocar compasión. Sostiene con su mano derecha una sucia bandeja de plástico, donde caen las monedas de los generosos. Con su mano izquierda se agarra la panza, como si temiera la caída estrepitosa de sus tripas sobre el pavimento.
Un niño pequeño abandona la mano de su madre y se echa a correr. Juega a escapar y espera que lo atrapen. Pero la madre no tiene tiempo para jugar, ni le da la gana andar correteando al niño en medio de la muchedumbre. Le grita que se detenga y, de dos zancadas, lo alcanza. Otro grito pone a funcionar los lagrimales del infante que ahora es arrastrado con violencia, y “cuidadito sigas llorando porque aquí te dejo”.
Una mujer madura camina segura entre la gente. Un perfecto maquillaje le ayuda a disimular —o a hacer más agradables, como se quiera ver—, las arrugas que marcan su rostro de piel blanca. Cada tres pasos humedece con la punta de la lengua sus labios pintados de rojo; cada cuatro pasos se echa detrás de las orejas el cabello negro. Aún contonea con gracia sus caderas y ese vaivén no pasa desapercibido. Un caballero finísimo le pellizca las nalgas y sale corriendo: pasa frente a un policía que ni se inmuta. La mujer madura, que se arregla coqueta para salir a la calle, palidece de indignación y masculla furiosa un “hijo de puta”.
Un anciano se sienta a comer palomitas de maíz en su banca preferida. De vez en cuando comparte su refrigerio con un grupo de palomas —que no son de maíz—. Una paloma, dos palomas, cinco palomas, una docena de palomas rodean al anciano y lo despojan tímida y amablemente de su alimento de mediodía.
Un par de adolescentes entre punketos y darketos —o incluso eskatos—, se besa en una esquina. El intercambio de saliva es inversamente proporcional a su pasión por la vida y además, está aderezado por el cigarro —acaso de mota—, compartido. Se miran a los ojos —con pupilentes que recuerdan la pupila gatuna— y ensayan una sonrisa con sus labios atenazados con aretes. En uno de esos guiños que construyen todas las parejas —o casi todas—, él toma la mano izquierda de la darketa —o punketa o eskata— que lo acompaña y recorre con la punta de la lengua la cicatriz que vive en su muñeca. Ella emite un “ouch” ni darketo ni punketo —más bien calenturiento—, y coloca su mano, muñeca y cicatriz sobre el pecho del darketo —o punketo o eskato, es lo mismo— que la acompaña. “Esa es mi cicatriz”, dice el tierno adolescente que se quita la máscara.
Todo eso ví en los Portales de Toluca.

Ausencia de vos

Despierta a las siete de la mañana con cincuenta y cinco minutos; los ojos hinchados y la mente en blanco, si es que tal cosa existe. Ocupa en retirar las lagañas, las cinco vueltas que aún le falta dar al minutero para marcar las ocho de la mañana en punto. Deja que el despertador se desgañite durante dos minutos y, después de mentarle la madre a la galaxia completita, se levanta encuerada a prender el calentador. Pierde quince minutos en buscar en la cocina y el comedor una infame caja de cerillos.
Camino al baño se saca los mocos de la nariz, introduciendo su dedo meñique en las fosas nasales. Las viscosas masitas verdes terminan embarradas en el muro más cercano; cinco moscas zumbadoras catan con sus patitas peludas el alimento fresco.
Ella continúa su camino y, en cuanto entra al baño, se da un golpe en el vientre que tiene como objetivo recordarle a su perezoso intestino que es la hora de cagar. Lamentablemente, la mayoría de las veces ese puñetazo no hace sino arrullar a sus huevonas tripas.
Luego de quince minutos y ante el inminente riesgo de reventarse una hemorroide, decide dejar de pujar y abre la regadera; templa el agua hasta sentirla tibia y se mete bajo el chorro. Suelta tres escandalosas ventosidades y ríe a carcajadas para no llorar a gritos.
Se enjabona de mala gana todo el cuerpo y talla con furia codos, rodillas y pies. Con un rastrillo de hojas melladas se rasura perfectamente el bigote y las axilas. Después se enjabona las piernas e invita al rastrillo a un sangriento viaje por su piel: se corta en repetidas ocasiones y retira sin fijarse cicatrices antiguas. La sangre se va por la coladera, como si nada. Y ella lo mira todo, también como si nada. Las piernas le arden por el agua caliente, le arden más cuando se pone jabón y la hacen gritar —para no llorar en susurros— cuanto se talla con los zacates que venden las marchantas en el mercado.
Lava sus calzones sucios en el chorro de la regadera, mientras piensa que otra vez no tiene ropa limpia en el clóset. Termina de bañarse y camina chorreando hasta su cuarto. Seca su cuerpo con una toalla mugrosa y pone pedacitos de papel de baño en las heridas de sus piernas.
Busca y rebusca en el bote de la ropa sucia algo que no se vea tan puerco ni huela tan mal. De nueva cuenta suelta tres escandalosas ventosidades y se dobla sobre su vientre por el dolor que le provoca el excremento atorado.
Se mira desnuda en el espejo y una vieja náusea le atenaza la tráquea. Respira profundo para no vomitar y se recuesta sobre las sábanas sucias. Los ojos rojos le arden y pesados lagrimones ruedan por sus mejillas pálidas. Se acomoda en posición fetal y se chupa el dedo gordo como si fuera un niño pequeño.
Entonces decide que no, que trató de bañarse y arreglarse para salir a la calle pero que, otra vez, no lo conseguirá. Se frota las piernas y retira los pedazos de papel que detenían su mísera hemorragia. Deja que las sábanas se manchen ahora de sangre. Cierra los ojos pedazos de fuego, chupa su dedo desesperada y grita que no, que no piensa salir a un puto mundo en el que no está Él. Que no pondrá un pie en una calle donde Él no la espera.

Dinero plástico

Ignoro el nombre del prócer del capitalismo al que se le ocurrió inventar el dinero plástico. Juro que si lo supiera ya hubiera matado a una considerable cantidad de gallinas negras para hacer —con brujiles y milenarias técnicas— un brebaje infalible para maldecirlo a él y a su descendencia donde quiera que se encuentren.
Y es que el dinero de a devis —billetes y monedas— es tan funcional que no comprendo cómo el hombre ha logrado convertirlo en tarjetas que caben en cualquier cartera y hasta en esos minúsculos bolsos de mano que las niñas “bien” llevan a los antros.
En realidad entiendo que las tarjetas —de nómina, crédito o débito, pásele y escoja— son de gran utilidad en estos tiempos violentos. Sin embargo, ya que se les ocurrió tan flamante idea, ¿no pudieron pensar en aquellos que, como yo, padecemos Alzheimer? ¿Por qué no inventaron una especie de dispositivo para no perder las tarjetas? Digo, si el ingenio les dio para meter un bonche de información relacionada con pesos y centavos en una cosita llamada chip, bien pudieron inventar un fascinante artilugio anti-pérdidas tarjeteras.
Es la segunda vez que la que esto escribe pierde una tarjeta. La primera vez fue mi súper tarjeta de ahorro —aunque nunca he ahorrado ni un miserable peso— del “banco fuerte de México”; esta vez perdí mi tarjeta de nómina —me la acababan de entregar: no me duró ni una semana— del “banco local del mundo”.
Fundamentalmente, mi problema se hace presente en los cajeros automáticos. Mi proverbial incapacidad para usar el dinero plástico y preferir las monedas sonando en las bolsas del pantalón, me orilla a visitar esos cuartitos de cristal por lo menos una vez a la semana —hasta que, por supuesto, me acabo la lana—.
Todo funciona a la perfección, es decir, puedo introducir sin complicaciones la tarjeta en la ranura, teclear el NIP, elegir el servicio, escoger “no” cuando la pantalla pregunta si quieres donar dos pesos en beneficio de no se quién, recoger la lana y —en su caso— el comprobante impreso. La hecatombe surge cuando el bendito cajero escupe la tarjeta.
Ya se que tienen un escandaloso dispositivo —supongo que para despistados— que, en el momento justo del vómito plástico, emite una alarma capaz de cimbrar los nervios del más plantado. El problema es que, cuando yo ando literalmente en otra dimensión, no percibo el ruidito y mucho menos recuerdo que después del varo y el recibo hay que esperar la tarjeta.
Resultado: olvido las malditas tarjetas en el cajero y éste —al menos eso espero— se las traga. La primera vez me di cuenta de inmediato, o para ser más precisa, un señor muy amable me hizo notar mi estúpido olvido. En esta ocasión sólo supongo que eso pasó, porque nadie me asaltó, ni perdí la cartera y estoy se-gu-rí-si-ma que recordaría si la olvidé en otro lado —sí, cómo no—.
En fin, que tuve que pasar nuevamente por el ofensivo suplicio de poner mi cara de idiota —¿más?— para hablar con alguna educada señorita en la sucursal de mi preferencia. Previo reporte telefónico del siniestro, por supuesto.
Lo malo es que mi viacrucis aún no termina y es que —por si mi estupidez y distracción no fueran suficientes—, digité mal el NIP —o lo olvidé, sepa la bola— de la tarjeta de repuesto y tengo que esperar un día más para que la activen. Mientras tanto, desfallezco en el hambre, ignominia y, sobre todo, la méndiga certeza de que en poco tiempo —no me doy más de un año— volveré a pasar por lo mismo.

Hagamos de cuenta

Hagamos de cuenta que no nos conocimos. Que pasaste frente a mí y seguiste caminando sin escuchar mi voz; que no compartimos un horario de oficina, que en casi un año de trabajo común no nos dimos nunca los buenos días.
Hagamos de cuenta que no nos escabullimos; que no nos buscamos, que no besamos ni exploramos el sabor y el olor de un cuerpo ajeno. Hagamos de cuenta que no traicionamos a los que vivían o viven con nosotros; que no fuimos infieles, que no les mentimos.
Hagamos de cuenta que nunca platicamos —sentados como viejos amigos—, en un campo de futbol maltrecho. Que no te conté mi historia en el mail más honesto que he escrito jamás; que no lo leíste, que no lo imprimiste, que no lo guardaste en el cajón del que perdí la llave. Que no me contaste tú esa infancia de niño viejo; que no nos limpiamos mutuamente los mocos, ni nos ofrecimos los hombros para seguir llorando.
Hagamos de cuenta que no hubo 31 de marzo, que no existió el año que compartimos y que todo fue un sueño que ahora habita en el No Lugar.
Hagamos de cuenta que no construiste un mundo paralelo, que no lo nombraste, que no lo habitamos. Que no lo respiramos nunca. Que no hubo en ese mundo ni un cuento infinito, ni un palacio, ni un barrio de esclavos. Que nunca fui princesa. Que nunca fuiste rey.
Hagamos de cuenta que no nos enamoramos nunca de nuestras soledades. Que no intercambiamos nunca esas promesas vacuas y pasajeras que se hacen los que dicen amarse. Que esto no fue una verdad efímera.
Hagamos de cuenta que nunca hicimos el amor. Que no los engañamos ni escapamos de sus ojos unas horas. Hagamos de cuenta que no nos desnudamos; que no nos revolcamos ni en las sillas ni en la cama; ni en mi casa o un hotel.
Hagamos de cuenta que no nos penetramos, que no me poseíste, que no te abrí la puerta. Hagamos de cuenta que nunca nos bañamos; ni nos lamimos, arañamos, chupamos, desgarramos y mucho menos nos vestimos para volver a empezar. Hagamos de cuenta que no hubo tazas de café, ni cigarros de los que te gustan, ni masturbaciones compartidas, ni chocolate para untar y lamer en tu sexo, ni tangas comestibles ni jalones de cabello.
Hagamos de cuenta que no lloramos, que no sufrimos, que no nos gritamos el amor. Que no lo callamos. Hagamos de cuenta que no perdimos la cordura y que entendimos a tiempo la desgracia de construir sobre cimientos de mentira.
Hagamos de cuenta que no nos brindamos nunca un consuelo de alfileres ni un té de cicuta con un poco de sal.
Mejor aún: hagamos de cuenta que nos creímos las promesas —que sí me creíste, que sí te creí—; que nunca me venció la nostalgia, que siempre confiaste en mí. Hagamos de cuenta que tuvimos coraje para pelear por esto, que luchamos contra el mundo como dos adolescentes. Hagamos de cuenta que no mentiste, que no cobré venganza. Hagamos de cuenta que no mentí, que no cobraste venganza.
Pero como eso ya no es posible, hagamos de cuenta entonces que no nos amamos nunca de la única forma desolada que supimos, de la única manera torpe que conocemos: destrozando, desollando, escupiendo, maldiciendo. Odiando.

Qué poca madre (10 de mayo)

En mis casi veinticinco años de disipada existencia he sido acusada en más de una ocasión, de tener muy poca madre. Las situaciones y lugares en los que me han señalado con tan fatal característica no vienen al caso. En realidad me lo han dicho tantas veces que ya no registro quién me lo dijo en dónde y por qué.
El chiste es que he sufrido el insulto y lo he sentido lacerar mi corazón como navajas gillette sobre una barba partida, y quizá no haya mejor ocasión para aclararle a quien quiera enterarse —y a quien no quiera también— que efectivamente tengo muy poca madre y bendigo al Santísimo por haberme favorecido con esa gracia.
Antes de que la Sociedad Protectora de las Madres Abnegadas y las Nanas Sufridas —SOPROMANS, por sus siglas en español— ponga el grito en el cielo, quiero hacer constar públicamente que mi sacrosanta progenitora es —igual que el 99.9% de las madrecitas mexicanas— una mártir.
Lo que sucede es que nunca fue una mártir convencional. Irremediablemente me he pasado la vida poniendo cara de what —o de imbécil, para ser más exactos—, ante el sufrido y conmovedor comportamiento de las madres de amigos, conocidos e incluso familiares.
No dejan de sorprenderme las dadoras de vida que son capaces de levantarse a las cinco de la mañana para preparar un desayuno regio y tenerlo listo antes de que su prole se vaya a la escuela o al trabajo. Me conmueve hasta las lágrimas —y miren que no soy de lágrima fácil— la santa madre que todos los días se mete a esa jungla que es el mercado y regatea, pelea, golpea o de plano arrebata aquellos comestibles indispensables para que su descendencia coma con singular alegría y de paso goce de salud para enfrentar este valle de lágrimas. Se me cae la baba con las respetables señoras que, no contentas con traer el manicure perfecto y el peinado de salón, tienen la comida caliente y lista a la hora en que sus retoños llegan al hogar.
No me cabe en la cabeza que haya madres —y las hay, porque las conozco— que no duermen por estar esperando a que el hijo o la hija vuelvan del antro y que llaman cada tres horas para verificar que su bebé no haya sido atropellado, asaltado, violado o abducido. Literalmente me quedo estupefacta ante la visión de una mami que aún le lava los chones al hijo de veintitantos años o le limpia incluso los bigotes que deja la leche del desayuno.
Y es que mi sacrosanta madre ni por error se levantó nunca a las cinco de la mañana para hacerme de desayunar. Aunque ella jura que sí lo hizo, lo cierto es que mi hermano y yo —es decir, las víctimas— sostenemos lo contrario y, dado que el Alzheimer lleva años asediando a mi madre —una vez estuvo a punto de olvidarnos en una tienda—, cualquier persona en su sano juicio debe creernos a mi hermano y a mí.
Mi madre nunca tuvo la comida caliente a la hora en que llegábamos. De hecho, había que agradecer que hubiera comida y “si quieres comer, sírvete” era la tierna invitación para pasar a la mesa. Excuso decir que mi madre no perdería ni una hora de sueño preocupándose por su descendencia. No es que no le interese, sencillamente se siente mejor en los brazos de Morfeo, qué le vamos a hacer.
De igual forma, un buen día mi madre nos mentó la madre a mi hermano y a mí para que laváramos nuestros respectivos calzones, porque ya estábamos bastante grandecitos.
La conducta anti-madre de mi madre me ha traído, entre otras consecuencias, que cualquier hijo de vecino pueda decir que qué poca madre tengo y yo me quede desarmada ante la verdad. Pero además —y eso es lo que agradezco— me hizo independiente y absolutamente conciente de que a la hora de los guamazos yo me tengo que defender. No significa que no cuento con ella, sino que yo construyo mi vida: yo me invento problemas y yo los resuelvo. Significa que debo ser capaz de cocinar un infame huevo revuelto o resignarme a los espasmos que provoca la inanición. Significa que sus faldas nunca han sido ni serán una opción consoladora ni un pacífico refugio. Significa que nos ama tanto —a mi hermano y a mi: ni modo, no pude deshacerme de él en la infancia— que nos ha dejado libres para vivir nuestra vida, con todo lo que eso implica. Y eso siempre me ha parecido un mejor regalo que la sopa caliente a las tres de la tarde.

Textículos

i.
Como Dios marcó a Caín para que nadie lo matara, así el animal territorial marca a su amante para que nadie la posea. Le hace el amor a las seis de la mañana, cuando los vecinos se levantan para ir a trabajar y, en un pueblo lejano, el gallo duda entre el canto y la somnolencia.
El animal territorial marca su espacio: muerde, chupa y estruja espalda, cuello, hombros, vientre, nalgas, pezones y codos. Antes de partir, verifica la intensidad y ubicación de sus huellas: las graba en su memoria, convencido de que nadie se atreverá a tocar a su mujer.
Ignora que ella se revuelca a medianoche, en la calle o en su coche, con un ciego cada vez.

ii.
Tiene el joven Jack una mano izquierda perfecta. Delgada y recia, de dedos largos y falanges idénticas. Con una palma de marcadas líneas que le revelan el presente y el porvenir; su modo de vida y el día de su muerte.
La mano derecha es, por el contrario, una desgracia: ni dedos, ni palma, sino un muñón que remata el brazo. Jack se sienta en la puerta de su casa, y pierde horas enteras mirando sus dos extremidades: una terminada en cinco, la otra terminada en cero. Después de mucho analizarlo, concluye que el problema tiene solución: no es más que una simple cuestión de simetría.
Ahora tiene el joven Jack dos “manos” perfectas: le presume a quien quiera ver su brazo izquierdo rematado en un nuevo, limpio y redondo muñón.

iii.
Adán —que ya conocía los celos—, le dijo un día a la serpiente: “¿Sabes? me molesta que pongas tus sucias patas sobre mi mujer”. “¿Ah sí?”, le contestó aquella —que a la sazón ya conocía el cinismo—, “Pues a Evita le gusta mucho y no veo qué puedas hacer tú para evitarlo”.
Adán, entonces, inició la cadena de pecados y atentó contra una criatura de Dios. Refugiada en su cueva, la serpiente superó la pérdida; lamió sus heridas, aprendió a arrastrarse sobre su vientre y fraguó la venganza.

iv.
Se dijeron adiós recordando a Karenina: “¿cuando dijo que no podía ser, quiso decir nunca o sólo entonces?”
En la última mirada, él reiteró que sólo entonces. Con una mueca a modo de sonrisa, ella supo que, otra vez, ese maldito cabrón no había tenido los huevos de decir la verdad.

Te doy una canción

Burlaron la raquítica vigilancia y entraron con provisiones suficientes para un regimiento. Aún no comenzaba el concierto y ya estaban “armándose” con el chupe: una infame combinación de mezcal corriente, e inocente y sano jugo de naranja.
Prácticamente acamparon en una superficie de medio metro cuadrado, justo a la izquierda de la bandera gigante que acaricia ese pedazo de cielo que le tocó al Zócalo Capitalino. Mochilas, maletas y chamarras se convirtieron en trinchera.
Junto a ellos, una pareja de “adultos mayores” fingía —bastante mal, hay que reconcerlo— no escuchar el “chúpale güey” o el “no mames, está bien fuerte, cabrón”.
Enfrente, un respetable padre de familia abrazaba a su esposa e hijo cada vez que un “pinche” flagelaba el aire. Se le notaban las ganas que tenía de irse a parar a otro lado y la impotencia por saber que tal cosa era imposible.
De manera casi milagrosa, personas completamente opuestas se hermanaron durante dos horas sólo para escuchar a Silvio —no me pregunten cuál: sólo hay uno—. Cada quién a su estilo, comenzaron a corear las canciones que han hecho famoso y querido al cubano. Los chavos gritaban a todo pulmón —juro que hoy deben estar afónicos y mi tímpano no volverá a ser el mismo— los “adultos mayores” cantaban en silencio y miraban de reojo el desmadre de sus vecinos; el padre de familia besaba tiernamente a su mujer, mientras ésta tarareaba.
“La neta se está rifando, güey, está cantando puras chidas”, me dijo una muchacha que llegó al Zócalo en sus cinco sentidos y a medio concierto ya había perdido tres.
Y mientras Silvio cantaba “las chidas”, yo dejé de maldecir mi suerte por no medir diez centímetros más y me dediqué a escuchar, a tararear —aunque, lo confieso, en cierto momento me puse a gritar—, y a mirar.
Los “adultos mayores” asesinan a una cucaracha enorme que andaba de paseo en la trinchera etílica; “a hueeeeevooooo, esa rola está bien chida”, me grita al oído un chavo briaguísimo; “quiero gritar Silvio, te amo, pero no me dejan”, se queja mi vecina mientras me ofrece su pomo; “Cuba sí, yankees no, Cuba sí, yankees no” y ondean las banderas cubanas.
“Teee doooy una caaaanción y hago un discurso...eeeel papaloooote, cae, cae, cae...la eeera está parieeeendo un corazón.... no mames, esa me parte la madre”.
El olor a mota me indica que hemos llegado a lo más heavy del concierto. Silvio condena la liberación de Posada Carriles y recita "Halt" de Luis Rogelio Nogueras, poema que es festejado con aplausos y multitud de “a huevos”.
Y como todo lo que empieza tiene que acabar, Silvio nos abandona. Mi vecina —que, ante su evidente incapacidad para coordinar, decidió treparse en la espalda del más grandulón de sus amigos— vocifera desesperada: “grita, pendejo, que ya se va” Y todos gritamos como pendejos, logrando que Silvio regrese varias veces.
Hasta que nos canta "El ruiseñor", para ir a dormir. Y comienzan las despedidas.

La recta tangente

Me purgan las matemáticas y en general, todo aquel razonamiento que esté directamente relacionado con los números puros. Pasé álgebra, geometría analítica, cálculo integral y diferencial de puritito milagro. No puede haber otra explicación.
Aunque —como buena ñoña—, invertía muchas horas de mi puberto tiempo a machetearle al dos más dos, lo cierto es que a la hora de los truculentos exámenes, una mano peluda —quise decir bendida, providencial, seráfica— me mostraba el camino a seguir y me ajustaba las cuentas.
No es que los números me parezcan malos. En realidad mi aversión matemática está directamente relacionada con mi incapacidad —casi mongólica, dicho sea con todo respeto—, de seguir y comprender ese razonamiento doloroso de tan abstracto.
Para sobrellevar la matemática depresión, acostumbraba inventarle historias a los grises números. Me emocionaba, sobre todo, con la geometría analítica; era fascinante ver con qué elegancia una ecuación paria sin dolor una caprichosa forma.
Las parábolas, elipses y sus primas —ya he olvidado los nombres—, tenían las historias más interesantes. Acaso porque su simple presencia implicaba dinamismo, movimiento. (Si usted, querido y único lector, sabe algo mínimo de geometría, comprenderá que chapaleo en la ignorancia, así que de antemano le ruego me perdone: no estoy muy segura de estar utilizando los nombres y asignaturas correctas, pero el chiste es que estoy hablando de líneas, ok?)
La más triste era la de la recta tangente. Su simple definición —por cortesía del diccionario de la Real y Misógina Academia de la Lengua Española— hace llorar: Tangente. (Del ant. part. act. de tangir; lat. tangens, -entis). 1. adj. Que toca; 2. adj. Geom. Dicho de dos o más líneas o superficies: Que se tocan o tienen puntos comunes sin cortarse; 3. f. Geom. Recta que toca a una curva o a una superficie sin cortarlas.
Dudo que alguien pueda comprender la sensación de desamparo que me invadía —y que, reconozco, aún me invade—, cuando pienso en las pobrecitas, desoladas, jodidas rectas tangentes.
No me cabía, no me cabe en la cabeza, cómo es que algo o alguien puede ser tan miserable como para tocar un punto sin cortar. Sólo tocar, carajo. Y largarse.
La parte más trágica reside en el momento de juntar una tangente con un círculo. La tangente toca, lame, roza; quizá hasta se masturba en un único y explosivo movimiento, contra un punto —y sólo un punto—, del poderoso e inamovible círculo.
El círculo está bien, está completo, no necesita el roce de la tangente para sentirse vivo. La tangente, en cambio, sólo existe en tanto puede tocar a otro cuerpo. La tangente quiere quedarse con el círculo, fundirse con el círculo: pero irremediablemente tiene que seguir su camino hacia adelante. La línea debe prolongarse ad infinitum como para asegurarle a los incrédulos que no intentará volver a tocar al círculo. Que aprendió la lección. Que conoce su lugar, que no quierte perturbar, que no lo vuelve a hacer.
Por alguna extraña razón, yo misma me he sentido siempre una recta tangente.

Ese perfecto monosílabo

La respuesta es no. Un monosílabo tan simple como perfecto. No.
Ahora sabe —sin duda de la peor manera—, que debió darse la vuelta. Que eso era lo más conveniente para su fracturada salud mental y tu tranquilidad. Entiende que debió girar sobre sus talones en un gracioso y efectivo movimiento. Sin mirar atrás.
Comprende que debió contentarse con mirar el aparador. Detenerse un momentito, sin desear siquiera entrar a la tienda, sin intentar ni por error tocar lo deseado. Ni más, ni menos. Debió contemplar la mercancía y resignarse a saberla poseída.
Ten por seguro que si tuviera conciencia del bien y del mal, no te habría mirado a los ojos aquella tarde. Pero tú sabes perfectamente que esa cosa que se llama conciencia la abandonó hace muchos años. Hay incluso quien sostiene la teoría de que en realidad nunca estuvieron juntas. Ya sabes que ella tiene muy mal carácter, y la conciencia es una señorita que por todo arma drama.
Te puedo hasta jurar que si no amara tanto el ben(mal)dito sufrimiento, si no lo degustara con el mismo placer con el que lame un helado, habría salido corriendo luego de la primera confesión.
La cordura pudo haber evitado el desastre en el que hoy patalea ¿no?. Seguramente. Pero —aunque lo dudes, hombre de poca fe—, no se arrepiente. No se arrepiente hoy, no se arrepentirá mañana.
Sabe que piensas que sí se arrepiente, y como yo soy su representante legal, te traigo un recado de su parte. Me pide que te diga —cito textual— que te vayas al demonio. Derechito y sin escalas. Eso sí: ni creas que te la vas a encontrar allá.
Me pide que te informe —a ver si a mí me entiendes—, que la respuesta a tus últimas preguntas es un elegante No. Un efusivo No.
¿Qué tal si se arrepiente y se regresa el tiempo? Ni madres: se hubiera perdido un montón de cosas. Para que te des una idea: tus ojos a las tres de la tarde, las cosquillas que provoca tu barba, tus besos de mordedor de uvas, los abrazos de temblor de tierra, las confesiones con medio litro de café, tus dientes anclados a su espalda, el olor de tu axila, los múltiples usos de la crema Lubriderm y del chocolate Nutella, tu neurosis arrolladora, tu manera de comer y un larguísimo etcétera.
¿Comprendes ahora por qué la respuesta es No?

PD: ¿No será que eres tú el que se arrepiente?