miércoles, noviembre 17

Al estilo Girondo

Lluviado de le
las gri mas, las tris mas.
Tardea agujas navajadas.
Ancianiza vejato murido.

Lluviando le, madajo, soy ozo
Hitado, pagada le voz
Dagada garganta. Muedre.
—ye le ve; frusí de le—

Petras bose petras
aguadero, guada, guvas.
Sepre lluvia, mas
las petras no murido; cetiles, brulonas.

¿Ye qué? ¿Nasta? ¿Dosto?
Lubras en bialos, sirras sen dente.
Muedre vejato pues guise lluviando
Fusuro deborsitado, voritado en agua.

Sancado, anciado, birrado,
lluviar no mas: dios suici
escandalado en lagos.
—ye la vo; lluvio me—

Valisa no gua: seca
se mobre, se mure, se jade.
Fenecedo, fenalece.
—ye la ve, ¿qué ser?—

Dios dio sui
Ci vejato batajo no sangre,
no lluvia, guada seca.
Navajado bose petras.

Cuerdos. Re-cerdos. Duole.
Ye fruso, ye lluvio, ye me dole
¿Amor se dosto? Negro corbán amaña.
Se ye quien lluvia.

"Poema" modernista

Me así con vigor a la túnica de Virgilio,
y atravesé tras él guarecido
los nueve círculos del perverso hueco.

Lenguas de fuego me abrasaron,
me hundí en el horror de los condenados,
gritos como dagas horadaron mis oídos.

A punto estuve de perder la razón,
pero como tal eras tú, amor,
hice de tu efigie mi yelmo y mi coraza.

Me volví ciego a la ignominia,
sordo al improperio y a la inquina;
pero sorbí la erudición del vate.

Del orco regresé para mirar tu faz,
tu ebúrnea piel de querube,
tus labios suaves como pluma de cisne.

¡Oh, desdicha! No hubo arúspice
que presagiara la muerte de mi anhelo:
tu aliento cálido mutó en cierzo,

clamé a tus ojos y hallé silencio.
Sin responso, sin cordura, sin amor,
caí por siempre en la sañuda cueva.

Sepa la madre, 1


Su vientre es tierra urgida de pasiones; latitud ardiente, cataratas y eslabones.
Bajo su piel habitan mares con olas furiosas que lamen islas secretas.
En la esquina del horizonte se adivinan bosques, verdes regiones que prometen vida,
y sin embargo sólo saben sembrar la sed.
Muchachas y muchachos caminaron ese vientre, pero murieron ahogados en saliva.
Los ancianos enloquecieron llorando cantos demacrados.

Celebrar esa carnicería le gustaba:
destazar compañeros, vomitar a la multitud.
Evadir siempre al amante perfecto.

Hoy, a su edad, a esta hora, recuerda a quienes no amó.
Sueña con algunos que han muerto ya
y piensa lo que sería un “contigo” correspondido.

Pero no llora ni al ver su vientre en despedida
ni al saber que sólo espera que su mano explote en maravillas.

viernes, septiembre 17

Una gran noche




Son las ocho de la noche y ya estoy lista. Dos horas dedicadas a la belleza. Botas con plataforma, piernas bronceadas, vestido corto, cortísimo. Lencería coqueta, muy femenina. Uñas nuevas. Labios rojos, párpados con sombra negra. Cabello largo, sedoso, planchado. Una hora más para revisar mi apariencia. Me reacomodo los calzones: siempre son un lío. Perfecto. Será una gran noche.
Hace más de seis meses que no vengo a este bar, pero sospecho que el mesero me reconoce. Cruzo la pierna, le guiño un ojo. Sí, me ha visto antes. Sólo quien me conoce es capaz de mentarme la madre así, con disimulo.
Cambio de lugar, circulo entre las mesas. Piltrafa, piltrafa, “peoresnada”, piltrafa. Qué fastidio: no me ha tocado ver ni un papacito. Dos horas, cuatro tragos y nada. Empiezo a perder el entusiasmo cuando aparece el papacito de la noche. “Éste es mío, perras”. Me siento derechita, muestro el atributo. Levanto mi vaso. Sonríe. Sí que es papacito. Bebo con delicadeza. Recorro mis labios con la lengua para que conozca mis talentos. Le devuelvo la sonrisa. Se acerca. Ya cayó. Salud. El monólogo insulso del borracho. Mi mano en su pierna, su mano en mi nuca, las lenguas no sé dónde.
Voy al baño. Me contoneo, segura de que está mirándome el trasero. Retoco el maquillaje, cepillo mi cabello, me acomodo los calzones. Salgo. Me mira de pies a cabeza.
—Qué rica estás.
—A tus órdenes.
Paga. “Adiós piltrafas, adiós”. Ni su casa ni la mía, sino el asiento trasero de su coche azul. Me cae encima y lo recibo, pero con las piernas bien cerradas. Besos, más besos. Muchos besos en la boca. Deliciosa asfixia. Frota su cuerpo contra el mío. Su aliento de ron calienta mi cuello. Sus manos forcejean con el sostén. Mis tetas perfectas, de dos años de edad, saltan, se ofrecen, se dejan manosear. Todo va de maravilla. Sus manos bajan, miden mi cintura, un dedo penetra mi ombligo. Escalofrío. Me retuerzo, río, me doy vuelta y le ofrezco las nalgas. Me embarra en el culo su sexo animal, mientras sigue jugando con mis senos. Su barba crecida en mi nuca.
—Putita, putita rica —me dice. Ya no puedo contenerme. La fiesta está por terminar pero arriesgo y me bajo los calzones.
—Dame por el culo —pido. Él ríe.
Entonces me encuentra, me siente. Se detiene. Duda. Se acabó. Me toca otra vez. Yo jadeo.
—¡Pinche maricón!
A chingadazos me baja del carro, a chingadazos me vengo. Siempre vomito después del orgasmo, será porque sólo me corro a puñetazos. Las dos de la mañana. El saldo de la noche: uñas rotas, un par de zapatillas menos, un ojo morado, el hocico reventado, mi ropa vomitada. Me quedé sin calzones. Rica. Putita rica. Media sonrisa, ni una lágrima.

Mesías



La escena se desarrolla en un espacio amplio y bien iluminado, en el tercer piso de un edificio ubicado en el centro de una ciudad. Es mediodía. El ruido de automóviles, fábricas y gente es constante aunque no llega a aturdir. En la pared del fondo hay un gran ventanal con vista a los edificios vecinos. En las paredes de los costados hay estantes de piso a techo repletos de libros, copas de oro y cruces. Del lado izquierdo, un escritorio de madera y una silla del mismo material. Sobre el escritorio hay una lap top, un teléfono, libros y papeles desordenados. El piso también es de madera. Del lado derecho se ve una mesa más pequeña y modesta que el escritorio. Ante la mesa está sentada MAGDA, quien trabaja a toda velocidad en una lap top. MAGDA es una mujer alta, delgada, bien maquillada y con el cabello recogido en un chongo en la nuca. Tiene aproximadamente 45 años de edad. Viste falta larga gris y saco a juego, camisa blanca y zapatillas negras. No usa medias. MAGDA detiene su labor, estira los brazos, bosteza y se recarga en el respaldo de la silla, mirando el techo. Se escucha entonces el ruido del agua que corre en un excusado. MAGDA se sienta bien en la silla, alisa su falda y continúa trabajando, aunque mira de reojo una puerta ubicada del lado izquierdo del escenario.
Por esa puerta entra silbando CHUY, un hombre de aproximadamente 60 años de edad, alto, muy delgado, con el pelo largo y canoso. En la cabeza lleva un sombrero de paja adornado con una cinta de cuero que sostiene un par de colmillos de jabalí. Viste camisa floja de algodón, pantalón de mezclilla roto y sandalias de cuero. CHUY camina hacia MAGDA pero cuando está a punto de llegar a ella se regresa y toma la silla que está frente al escritorio. Carga la silla hasta el centro del escenario, para quedar casi frente a MAGDA.

CHUY.- ¿En qué nos quedamos? (Magda está a punto de hablar, pero Chuy la interrumpe). Ah, sí, ya me acordé. Como te iba diciendo, en esa época, justo después del accidente en el casi me mato, sentí el llamado. Fue, como han dicho mis biógrafos no autorizados, un momento epifánico. Estuve dos meses en el hospital y, lógicamente, pasé ese tiempo sin una triste gota de alcohol y sin marihuana… (tose) omite eso. Al principio me sentí desfallecer, pero luego empecé a captar, ¿cómo te diré?... señales en el viento… señales en el viento; anota bien eso, por favor (Magda, que mientras habla Chuy escribe rápidamente en la computadora, asiente con la cabeza). Y claro que eran señales verdaderas, no efectos del síndrome de abstinencia, como se han cansado de señalar mis detractores. Esas señales eran, ¿cómo te diré?... chispazos de luz, sonidos, olores, sensaciones que no tenían ninguna relación lógica con el ambiente de un hospital. Ahora que lo cuento tranquilamente sé que eran el principio de las señales más fuertes, las que llegaron después de mi escape de ese encierro. Pero entonces me parecían un producto de mi imaginación, una consecuencia del aislamiento, síntomas de depresión, la falta de droga… (tose) eso no se te vaya a ocurrir incluirlo. Lo comenté con todos los doctores que pasaban a verme, tanto los que me revisaban las fracturas como los que evaluaban mis supuestos trastornos psiquiátricos. Todos adoptaban la misma actitud: me miraban intrigados, hacían anotaciones, volteaban a mirar a la enfermera de turno y luego me daban una palmadita en la espalda: “no pasa nada, es normal”, me decían. ¿Cómo va a ser normal que me despierte a media noche escuchando claramente el sonido atosigante de una campana?, quería yo replicar, pero afortunadamente siempre evite hacer ésta y otras preguntas: no tenía caso. (Chuy mete las manos en las bolsas de sus pantalones, como buscando algo). ¿Dónde están mis cigarros? (Magda levanta la mirada de la computadora y busca en su mesa. Chuy se levanta, mira la mesa de Magda y revuelve sus papeles. Como no encuentra lo que busca, da la vuelta y camina hacia el escritorio, hurga entre los papeles desordenados y por fin encuentra una cajetilla de Marlboro). ¡Aquí están! (saca un cigarro, lo prende y aspira el humo con deleite). Ahora sí, ¿en qué me quedé? (Magda está a punto de hablar, pero Chuy la interrumpe). Ah, sí, ya me acordé. Como te iba diciendo, los doctores no tenían ni idea de lo que me estaba pasando y tampoco tenían muchas ganas de comprenderlo. Así que yo me dediqué, por mi cuenta, a poner atención a esas señales y a tratar de interpretarlas (mientras habla, Chuy se traslada de nuevo a la silla, fumando su cigarro; se sienta y cruza una pierna). En ese entonces yo tenía treinta años, y además de la lectura y las drogas (tose)… omite la segunda parte… no tenía mayores intereses en la vida. Seguía viviendo con mis padres aunque me fastidiaba su necedad de hacer vida familiar, pero como no tenía trabajo no me quedaba más que aguantar. Mi madre era una santa: todos los días me visitaba en el hospital, pasaba de contrabando mis galletas favoritas, me lavaba la cara y me cepillaba amorosamente el cabello. Yo no entendía por qué una mujer tan amable y hermosa se había casado con un tipo como Pepe. Tampoco me cabía en la cabeza que un mecánico sucio y mediocre como él fuera mi padre. Espera… no pongas lo de mecánico sucio y mediocre. Mejor escribe que a pesar de las dudas que yo tenía respecto a que él fuera mi verdadero padre… no, eso tampoco… escribe… ¿cómo te diré?... anótale que siempre lo vi como un padre ejemplar, modelo de trabajo y dedicación. Agrégale otras cosas bonitas, ya sabrás tú cómo solucionarlo (Magda sigue escribiendo y se muerde el labio). Como te decía, en el hospital tuve todo el tiempo del mundo para analizar mi situación familiar, mi vida en general y las extrañas señales en particular. Todos los días veía algo nuevo en el viento, en la luz, en mi interior… resalta eso… hasta que una noche las señales se intensificaron. La luz de mi cuarto estaba apagada pero yo me desperté porque sentí claramente un destello luminoso en mis ojos. Además oía, ¿cómo te diré?, como una sinfonía… sí, como una sinfonía: muchos violines, arpas, tintineos de no sé qué instrumento musical… (tira la ceniza del cigarro en el suelo). Entonces me senté como pude en la cama: traía un brazo y una pierna enyesada, pero no me importó. Yo sentía una fuerza sobrenatural que casi me hacía levitar. Apoyé mi pie sano en el piso y avancé cojeando hasta la puerta. Abrí. El pasillo iluminado estaba en silencio aparente, digo aparente porque yo seguía escuchando claramente la sinfonía.
MAGDA.- ¿Violines y arpas? (tímida).
CHUY.- Sí, ésa. Violines, arpas, tintineos, uno que otro tamborazo (ríe, tose y apaga el cigarro en el suelo). Como te decía, ya estaba en el pasillo, así que avancé cojeando en busca del origen de ese sonido. Y aquí empieza el momento epifánico: no me preguntes cómo pero llegué a la azotea del edificio. Era una construcción de diez pisos, si no mal recuerdo… y si recuerdo mal lo investigas y agregas el detalle (Magda se muerde el labio). En la azotea el aire olía a rosas. A rosas frescas en una ciudad pestilente. ¡Dime tú si ésa no es una señal clarísima! (Magda está a punto de hacer un comentario pero Chuy la interrumpe). No, mejor no me lo digas. Además de ese intenso olor, escuchaba la sinfonía a todo volumen y no sentía dolor físico alguno. Entonces sucedió: una voz varonil, la voz más hermosa que haya oído jamás, me dijo: “Hijo mío, ha llegado la hora”…
MAGDA.- (Interrumpiendo a Chuy). ¿Y ése fue el momento epifánico?
CHUY.- (Desconcertado). ¿Te parece poco? (comienza a alterarse). Mi padre, mi verdadero padre habló conmigo por primera vez, me reveló el secreto de mi llegada al mundo, me enseñó el camino a través del cual debía guiar a su rebaño y eliminó, de paso, toda la frustración que acumulé durante treinta años ¿y tú me preguntas si ése fue el momento epifánico? (Magda se muerde el labio). Perdónala, padre mío: no sabe lo que dice.
MAGDA.- (Baja la mirada. Tímida. En voz baja). Perdón.
CHUY.- Concedido. Como te iba diciendo, ése y no otro fue el verdadero momento epifánico…
MAGDA.- (Interrumpiéndolo). ¿No fue también cuando cayó de la azotea, casi se mata otra vez y pasó tres meses más en el hospital?
CHUY.- (Tose y enciende otro cigarro). Sí… fue ese día. ¡Pero no vas a escribir eso! Tengo que eliminar de mi biografía esa caída porque sólo debo caer tres veces, y si tú pones eso, entonces, por simple aritmética, sumarían cuatro caídas. No funciona. Además…
MAGDA.- Pero se trata de escribir su biografía real. La biografía autorizada.
CHUY.- Precisamente, la biografía autorizada. ¿Cómo te diré? Biografía autorizada significa que yo y sólo yo autorizo lo que se dirá de mi vida. Así que borras esa parte. Ya sabrás tú cómo solucionarlo.
MAGDA.- Pero…
CHUY.- (Tira la ceniza en el suelo). ¿Pero qué? La editorial me dijo que tú estabas calificada para este trabajo, no me salgas ahora con que te queda grande. Ya superaste el impacto inicial que provoco en las personas, ya te acostumbraste a corregir mientras yo duermo (tose), digo, a corregir mientras yo medito y continúo armando el plan que mi padre determinó. ¿Cuál es el problema ahora?
MAGDA.- Pues…
CHUY.- (Impaciente. Prende el siguiente cigarro con la colilla del que aún no termina). Habla ya, mujer, por mi padre, habla.
MAGDA.- Pues es que ya son muchos los pasajes que tengo que solucionar. Además de los que agregó hoy, queda por resolver toda la parte de su infancia. No quiere que se mencione para nada a sus hermanos ni la mala relación que lleva con su padre (Chuy frunce el ceño), perdón, con Pepe, ni los problemas que tuvo en la escuela primaria. También tengo que cambiar toda su vida de los veinte a los veintinueve años, un poco antes del momento epifánico. ¿Dónde oculto las drogas, las bacanales, las mujeres y los hijos que dejó regados? (se quita el saco y lo deja en el respaldo de su silla).
CHUY.- (Titubea) ¿Tú crees que sea muy difícil de arreglar?
MAGDA.- (Más segura). ¿Difícil? Es casi imposible. Mire, yo escribo biografías, no novelas. Usted me está contando su vida, pero en realidad tengo que reconstruir más del 60 por ciento de la historia valiéndome de mi imaginación. ¿Dónde quedó la biografía?
CHUY.- (Titubea). Pero… pero el editor me dijo que todo se podía solucionar. Que había que escribir una historia para que el público continúe amándome y mis detractores cierren por fin la boca… ¿Qué voy a hacer ahora?
MAGDA.- (Irónica). Un milagro.
CHUY.- (Se ruboriza y tose). Ahorita no puedo, estoy cansado. He fumado demasiado (apaga el cigarro en el suelo).
MAGDA.- Pues entonces no sé cómo le voy a hacer. Todavía falta escribir tu historia a partir de los treinta años, luego del dichoso momento epifánico. ¿Dónde voy a esconder tus matrimonios, tus divorcios y tu trabajo como reportero de nota roja? Es más, ¿cómo elimino a tu amante actual?
CHUY.- (Alarmado). ¿Tú cómo sabes eso?
MAGDA.- (Titubea, se muerde el labio). No se te olvide que he estudiado todas las biografías no autorizadas que se han escrito sobre ti.
CHUY.- (Intrigado). Un momento, ¿desde cuándo empezaste a tutearme?
MAGDA.- (Serena. Se apoya, relajada, en el respaldo de la silla. Cruza los brazos). En realidad nos hemos tuteado desde siempre, Jesús.

jueves, noviembre 26

Alta traición



Cuando éramos tiernos adolescentes prometimos seguir las consignas de nuestra generación: harto desmadre, harto chupe, harto sexo, harto baile, hartos viajes. Juramos olvidar las misas del domingo, los consejos de adultos amargados y las infames normas de El manual de Carreño. No queríamos saber nada de peinados, trajes sastre, corbatas, sacos ni zapatos “de vestir”. Jurábamos por todos los santos: “yo no me voy a casar”.
Algunos se quedaron atorados en el puente que une adolescencia y edad adulta, fase-joven. Por ignorantes, cándidos, pendejos o calientes, tuvieron hijos y se casaron, tuvieron hijos sin casarse, se casaron y tuvieron hijos o nomás se casaron. De esos traidores, varios ya se divorciaron, tuvieron “la parejita” o volvieron al redil, es decir, a las ideas de los buenos tiempos.
Qué desgracia ver que hoy, ya en la edad adulta, fase-no-tan-joven, esos tiernos adolescentes de antaño traicionaron de la manera más vil los principios que nos definían. Desde el año pasado la gran mayoría ha caído por propia voluntad en las infames garras de la última forma legal de esclavitud: el matrimonio. Se pasaron por el arco del triunfo el “yo no me voy a casar” y entraron a la iglesia bien vestiditos, con corbata, saco, zapatos “de vestir”, etc. Algunos hojaldras hasta se casaron sin invitarme.
Todos esos traidores entrarán a la edad adulta, fase-ya-estoy-ruco, bien vestidos, sin chupar demasiado, con el desmadre olvidado, con hijos y pareja legalizada ante Dios y los hombres. Por supuesto, ya regresaron a la iglesia y tienen a la mano El manual de Carreño.
Los pocos que hemos sido fieles a los buenos tiempos, vivimos en un desmadre light, sin chupar porque ya no aguantamos, sin coger porque ya no hay con quien, bailando entre mujeres y viajando sin dinero. Aún no vamos a la iglesia (salvo a las bodas) y seguimos siendo fodongos. Lo malo es que eso ya no tiene gracia, porque los otros, los traidores, ya “sentaron cabeza” y nosotros, los leales, no somos dignos de confianza, no preservaremos ningún apellido y somos solteronas o gays. Mi única esperanza es que un día, cuando todos, sin excepción, lleguemos a la edad adulta, fase-ya-me-cargó-la-chingada, varios estarán divorciados, pagando la colegiatura de sus hijos, mentándole la madre a los infieles, abonando una hipoteca y sobreviviendo a los infartos. La pagarán los traidores, segura estoy.

jueves, noviembre 19

Ojo por ojo

Lamento sinceramente que los ciudadanos de Juchitepec, municipio ubicado en la mera zona de los volcanes de la entidá mexiquense, no hayan logrado linchar a las ratotas que habían cazado. Es una verdadera pena que cuando “el pueblo enardecido” —frase que encanta a los periodistas— ya había agarrado a trancazos a los “presuntos” secuestradores, llegaran las ratas más grandes, léase, los policías, a rescatar a sus congéneres.
Por supuesto, no es la primera vez que algún pueblo “monta en cólera” —cotizadísima ramera— e intenta o incluso logra hacer “justicia por propia mano”. Quizá uno de los casos más recordados es el ocurrido en 2004 en la delegación Tláhuac, cuando la “turba indignada” quemó vivos a dos angelitos de la PFP, que bien merecido se lo tenían.
Que Dios me perdone —si acaso me conoce—, pero en vista del éxito que las autoridades han logrado en la lucha contra la delincuencia, más vale tener en casa unos buenos cuchillos cebolleros y aprender a fabricar bombas molotov, por si acaso se llegan a ofrecer.
Creo que la gran mayoría de los ciudadanos de este jodido país no tiene instinto asesino, pero sin duda mantiene intacto el de supervivencia, el mismo que amenazan y ofenden los grandes jijos “víctimas del sistema” que optan por robar, secuestrar, matar y sus etcéteras. Y a los que urge dar su merecido, razón por la cual me declaro a favor de todos, o casi todos, los intentos de linchamiento y los linchamientos consumados habidos y por haber. Si alguien se tiene que chingar a esos infelices le tocará al pueblo, ni modo, porque ya estuvo bueno. De paso, reitero mi invitación a dar a los políticos una calentadita, para que le vayan tanteando el agua a los camotes.
Correo electrónico: felinaofendida@gmail.com.

miércoles, noviembre 4

Cartas de amor



Tiempo ha que la gente no se escribe el amor. “Gracias” a la tecnología, nos hemos acostumbrado a decir el amor por teléfono; a mensajearlo por el celular, a chatearlo, bloguearlo, feisbuquearlo —que me perdone la RAE—, y etcétera, pero hace décadas que nadie, o casi nadie, toma bolígrafo y papel para garrapatear una frase, una breve nota, una larga carta, de amor.
La inmediatez se ha convertido en ingrediente fundamental de la comunicación a distancia. Quizá esa misma inmediatez ha provocado la fugacidad de las relaciones actuales: hoy, la gente se “conoce” en el chat, se declara con un mensaje vía celular y se manda al demonio en el feisbuc; antes, las distancias y las buenas costumbres exigían escribir, pero lo que se dice escribir, cartas que eran enviadas por correo o con un propio; luego había que esperar la respuesta durante horas, días, semanas e incluso meses. Las relaciones se alargaban, el amor patinaba en la tinta, la pasión abrasaba el papel, pero tiempo ha que la gente no se escribe el amor…
Y sólo para recordar o saber cómo se escribía ese sentimiento, vale la pena leer “Breve tratado de la pasión”, una compilación de cartas y poemas amorosos realizada por Alberto Manguel y editada por Lumen. En escasas 200 páginas, Manguel hace un recorrido por la vida íntima de personajes como Oscar Wilde, Isadora Duncan, Miguel de Unamuno, Enrique VIII, James Joyce, Pablo Neruda, Jorge Luis Borges, el matrimonio Curie, Napoleón Bonaparte y muchos otros. Claro, hay que tener cuidado, porque un recorrido así no es simple ni puede darse nunca por terminado, de ahí que el tratado, por breve, pueda resultar decepcionante; uno se queda con ganas de leer más, de conocer los detalles, de hurgar, pues, en la vida ajena. Puro morbo, quizá, o simple deseo de corroborar que “todo texto amoroso es una declaración de fe”.
Manguel, Alberto. “Breve tratado de la pasión”. México: Lumen, 2008.

jueves, octubre 22

Sin palabras

Llevo horas mentándole la madre al grandísimo pendejo que despacha en Los Pinos. He invertido cantidades industriales de saliva en rogarle al Señor del Huerto que, por favor, por lo que más quiera, mate de una diarrea cuata al hipopótamo gigante que despacha en la Secretaría de Hacienda. También he pedido la castración con cuchara y limón para los diputadetes del dúo dinámico integrado por PRI y PAN. Chinguen todos a su madre.
Ya utilicé lo más florido de mi repertorio para descargar mi furia contra esos hijos de puta. Lo malo es que ni todas las variaciones del verbo chingar me han servido para mitigar el coraje. ¿Alguien me puede explicar qué se han creído esos parásitos? Viven, tragan, viajan y hasta cogen gracias a los impuestos que pagamos, pero nunca les parece suficiente, nada detiene su méndigo deseo de ver a este país hundido en la mierda.
Aunque sólo incrementaron el IVA del 15 al 16 por ciento y el ISR del 28 al 30, entre otras chuladas, lo que me resulta inadmisible es que tengan la desfachatez de argumentar que es “por el bien del país” y para ayudar a “los que menos tienen”. En esta puta tierra hay que pagar por todo: por tragar, por viajar, por coger y hasta por trabajar; al rato nos van a chingar con un impuesto al oxígeno y a las horas de sueño. Que no mamen.
Claro, como ya no hay petróleo y los señores que nos gobiernan no son capaces de mover las dos neuronas que tienen en la cabezota para generar una reforma que verdaderamente acabe con los privilegios fiscales y la ratería, se chingan a los de siempre, es decir, al pueblo, que, para variar, se encabrona, como la que esto escribe, y luego se pone a trabajar porque no sabe hacer otra cosa.
¿Cuándo vamos a reaccionar?, ¿cuándo dejaremos de quejarnos y procederemos a actuar? Una revolución, un linchamiento colectivo, no estarían nada mal. Todo antes que seguirnos quedando sin palabras, boquiabiertos, con la bota en el gaznate.

viernes, octubre 16

Sobre el verbo madrugar



Dice el dicho que “no por mucho madrugar amanece más temprano”, pero el gobierno ha sabido pasarse por el arco del triunfo la sabiduría popular y madruga no sólo para amanecer antes de lo normal, sino para chingar mientras todos están amodorrados. Que no se diga que los burócratas no son estrategas calificados, que rebuznan, sí, pero cumplen con su noble fin: seguir hundiendo a este país en la mierda.
Hasta la Real (y misógina) Academia Española reconoce el significado coloquial del verbo madrugar (“anticiparse a la acción de un rival o de un competidor”), que en México ha adoptado variantes como “madruguete”. Y Operación Madruguete fue lo que la autoridá desplegó el pasado fin de semana, pues mientras todo el pueblo estaba embobado, brincando, chupando y gritando que “nos vamos al Mundial”, la tira tomaba Luz y Fuerza del Centro.
Al otro día, aún con la cruda encima, los electricistas se enteraron de que ya no tenían chamba. “Gracias por participar, pasa por tu liquidación a la ventanilla sepa-la-chingada”
La Operación Madruguete fue todo un éxito. Hoy, el “presidente del empleo” aventó a la calle a una horda de desempleados hambreados y puso a temblar a los sindicatos charros (perdón por el pleonasmo). Estaría bien que también se chingaran a Elba Esther, digo yo.
Antes de que me empiecen a joder quiero aclarar que no apoyo a LyFC. Su servicio siempre me ha parecido una porquería y su trato al cliente es una grosería en grado superlativo. Tampoco me vayan a recetar, por favor, el choro sobre la importancia y las conquistas del sindicalismo mexicano. No dudo que en sus inicios los sindicatos hayan sido la neta; no dudo tampoco de su labor en pro de la clase trabajadora. Pero no por su importancia histórica se puede tolerar y justificar que hoy sean cuevas de ladrones dedicados a sangrar a quien se supone deben proteger.
Lo que me parece el colmo es que el gobierno de ese pendejo apellidado Calderón siga dándonos en la madre. Yo pensaba que sus neuronas no daban para tanto, pero en tiempo récord ha conseguido enjaretarnos impuestos, desmadres con el narco, más desempleo, más pobres y más jodidez. No cabe duda que sí sabe madrugar.

domingo, octubre 11

ASUMADRE, orden del día

Asociación Sindical Única de Maistros Albañiles y Derivados del Retraso Educativo (A S U M A D R E)

Asamblea extraordinaria de agre-miados
Orden del día

1) Bienvenida a cargo de miembros destacados del gremio.
2) El origen del gremio (lectura histórica).
3) Ritual albañilesco:
Explicación detallada del ritual (pa´que no se apendejen): La sacerputiza dará a todos la bendición, misma que deberá ser contestada en tiempo y forma por los agre-miados (dicha bendición consiste en un movimiento enérgico del brazo derecho hacia la sien) y enseguida realizará una genuflexión ante la cuchara beatífica (para los no iniciados: una cuchara de albañil que todo agre-miado debe adorar). La sacerputiza abrirá las piernas, digo, los brazos, en señal de saludo y dirá: “Sea la mezcla con vosotros”; todos contestarán: “ya nos chingamos”.
Acompañada por sus ah-colitas, la sacerputiza someterá al grupo a un acto penitencial que consiste en recitar en voz alta lo siguiente:

“Yo confieso ante la cuchara beatífica y ante ustedes, carnales, que he bebido harto, he dormido un chingo y he cogido más. Por beodo, por huevón y por caliente. Por eso ruego a la sacerputiza, a los briagos, a las vírgenes en extinción y a ustedes, carnales, que intercedan por mí ante cualquier güey que pueda defenderme. Ahuev” (Ahuev es un apócope de “a huevo”, mismo que se utiliza para concluir cualquier oración comunal).
La sacerputiza volverá a abrir las piernas, digo, los brazos, pero esta vez para pedir silencio y comenzar la lectura del día (puede leer cualquier agre-miado):

“Santa cuchara beatífica: dichoso el güey que te cogió en silencio. Dichosa tú, cuchara beatífica, que te tiraste a todo creador de condominios, embarraste de mezcla a los tuyos y permaneces virgen para siempre. Ahuev”.

La sacerputiza dirá: “oremos”. Luego, todos: “Fortalece, cuchara beatífica, nuestra débil carne, para que todos los aquí reunidos podamos coger sin embarazar ni embarazarnos. Sea la mezcla contigo. Ahuev”.

Continuaremos con la manifestación de nuestra fe a través de la siguiente oración (que todos deberían saberse de memoria, cabrones):

“Creo en una sola cuchara beatífica, distribuidora de mezcla en cielo y tierra, en todo lo visible y lo invisible. Creo en un solo repartidor de grava, enviado único de la cuchara beatífica, engendrado por padre desconocido y madre sifilítica. Dador de calidra y dador de palos; repartidor verdadero de verdadera grava; con la misma naturaleza culera de su padre, quien a todos pasó a chingar, y que por nosotros los maistros albañiles se vino… al mundo a enseñar el arte de la construcción, la varilla, la mezcla, la calidra, me prestas, te arrimo, te empino y si te vi ni me acuerdo. Creo en el gremio albañilesco, señor y dador de esperma mezcla, que procede de la cuchara beatífica y del repartidor de grava, que habla y ordena junto a nuestros patrones. Creo en ASUMADRE, que es un santo, cabrón y apocalíptico sindicato charrero. Confieso que sólo bautizándome con chela puedo entrar al gremio. Espero la reconstrucción de los condominios y la vida futura en casa de interés social. Ahuev”.

Para finalizar el ritual albañilesco la sacerputiza incitará a los agremiados a darse… un arrimón abrazo de la paz.

4) Bautizo de “nuevos” agre-miados.
Ritual de bautizo: La sacerputiza derramará sus jugos, digo, cerveza sobre el nuevo albañil y dirá: “(Nombre del agre-miado), yo te bautizo en nombre de la grava, el cemen… to, te arrimo y Ahuev”. El bautizado nomás recibe humildemente el baño de chela.

5) Toma de protesta.
Descripción de la ceremonia: Todos los agre-miados deberán ponerse de pie y atender el discurso de la sacerputiza:
“¿Maistros albañiles, protestan cumplir y hacer cumplir los estatutos de la Asociación Sindical Única de Maistros Albañiles y Derivados del Retraso Educativo, asistir a todas las asambleas, portar con orgullo su nombre de albañil y trabajar incansablemente por el fortalecimiento del gremio?”. Todos los agre-miados deberán contestar: “Sí protesto”, al tiempo que repiten el gesto de bendición (movimiento enérgico del brazo derecho hacia la sien). Continuará la sacerputiza: “Si así lo hicieren, que el gremio de los abañiles se los reconozca; si no, que se los chingue”.

6) (Re)partición de sorpresas.
7) Castración ritual (CANCELADA).
8) Libación, orgía y convivencia gremial (tragad y emborrachaos).

Toluca, México, a 10 de octubre de 2009.

jueves, octubre 1

Me cansé de comer camote



“El pasado fin de semana”, como dicen los reporteros, cometí la osadía de apersonarme en las lúgubres instalaciones de una sex shop toluqueña. ¿La misión?: comprar un vibrador. Antes de continuar con el relato de mi desgracia quiero aclarar, aunque nadie me lo crea, que el artefacto referido no es para mí sino para una persona de mi familia cuya identidad no puedo revelar. Neta. Lo juro por el Señor del Huerto, patrón de mi pueblo. Si miento, que el mismo Señor me suma… en las profundidades del infierno.
En fin, el chiste es que visité la dichosa tienda y me paré frente a los vibradores poniendo cara de niño en dulcería. Había dos paredes atascadas hasta el techo con reproducciones de penes de todos los tamaños, colores y formas. Sentí cosquillas en la entrepierna, digo, me puse nerviosa como corresponde a una señorita hija de familia.
A mí me encargaron conseguir un sustituto de miembro viril que no rebasara los veinte centímetros de largo por los seis de ancho, medidas del monstruo que mi familiar no quiere utilizar porque, sospecho, le gustan chiquitos pero rinconeros. Junto a los penes había un mostrador gigante lleno de lencería y disfraces de dominatriz, pero como no vi por ningún lado un juguetito que se ajustara a las medidas especificadas tuve que vencer mi pudor natural para hablar con el vendedor, un tipo enjuto y con mirada de violador. “¿Son todos los vibradores que tienes?”, le pregunté. Mi garganta, cerrada por la visión de tanto camote, no dejó escapar sonidos audibles, de modo que el sujeto se me acercó, muy amable: “¿buscas lencería coqueta para tu novio, amiga?”. Cogí… valor de donde pude: “no, quiero un vibrador”, contesté.
La amabilidad se transformó en sorna. Pasé en segundos de ser una novia complaciente a una solterona urgida y con ganas de meterse algo, lo que sea, pero algo, por favor, aquí, aquí. Acto seguido, el pseudoviolador, cuyas facciones ya me parecieron de asesino serial, me enseñó lo más exquisito de su mercancía, empezando por unos plasticotes enormes de los que bien saldrían dos respetables fierros. “La verdad es que estoy buscando algo más pequeño”, comenté. “Claro, amiga”, dijo burlón el tipo, que antes había calibrado el tamaño de mi boca y cabuz para comprobar que, efectivamente, los que me había enseñado podrían bajarme la calentura. “Éste te va a encantar”, dijo, sosteniendo entre sus toscas manos una reproducción de cuerpo cavernoso hinchado, de dieciséis centímetros de largo, aproximadamente, de lindo color rosa. “Tiene varias velocidades y funciones, amiga”. La chingadera ésa era tan maravillosa que trepidaba, oscilaba y decía “te amo” al detectar, mediante un complejo dispositivo de fibra óptica, las contracciones del orgasmo. Se me hizo agua la boca, digo, tragué saliva y sostuve entre mis castas manitas el aparato aquel. “¿Te gusta o quieres algo más?”, terció un sujeto que apareció de la nada, o, para no hacerle a la mamada, que salió de una de esas cabinitas en las que me han contado que puedes ver porno.
“Chingue su madre”, pensé, mientras caía en la cuenta de que nunca antes una verga me había dado tanto miedo. Fui conciente de que en la tienda sólo estábamos el vendedor, el sujeto aparecido, hartos pitos, mi himen y yo. Hace años, con esta escena me habrían dado ganas de bajarme los calzones, pero ese día sólo di las… gracias y huí, como las peores.
La próxima vez que se me ocurra hacer un favor de esta naturaleza, porque juro que es un favor, aunque nadie me lo crea, acudiré acompañada de alguien.
Soy vieja y me he vuelto mocha, no cabe duda.

jueves, septiembre 24

Telenovela mexiquense

Soy una devoradora consuetudinaria de culebrones. Lo confieso sin pena, porque prefiero amarranarme en el sillón de mi concubina y reír con los melodramas, que deprimirme con las noticias.
La telenovela que actualmente me receto todas las noches es la que sale a las nueve y cuarto en el canal de las estrellas. Me gusta no sólo porque el protagonista es un tipo enorme, güerote y sabroso, como el que me anda haciendo falta, sino porque al verla me siento más cerca de Toluca. Yo sé que suena estúpido, pero es la neta. La “intensa” historia se desarrolla en la ciudad de Mérida, Yucatán, pero gracias a los helicópteros, los protagonistas se desplazan constantemente hacia la ciudad capital del estado de México. Y no sólo eso: también se trepan a la catedral y recorren el Cosmovitral, dos edificios simbólicos e im-por-tan-tí-si-mos para todos los tolucos.
Mi inyección diaria de telenovela y chorizo toluqueño se complementa justo en los comerciales, cuando veo los avances y obras del gobierno estatal. A veces me confundo y no sé si estoy viendo el culebrón o los anuncios de sus patrocinadores, porque Peña Nieto aparece impecable, como siempre, con su look de galán, como siempre, y resolviendo las inteligentísimas dudas de Lucerdito.
Mi intensa jornada suele joderse cuando pienso que tanta presencia mexiquense en el horario estelar de Televisa debe tener un costo, y que los gobernados por Peña, los mismos que vamos también a la catedral y al Cosmovitral, pagamos el show de nuestro góber, ese galanazo que hasta novia de telenovela tiene.

miércoles, septiembre 2

¿Quién le cree a Felipe Calderón?



Hace muchos años dejé de creer en los Santos Reyes, en Santa Claus, en el Señor del Costal, en el Coco, en la fidelidad, en dios, etcétera, etcétera. Es decir, hace mucho tiempo dejé de creer en chingaderas. Este defecto gravísimo me incapacita para creer el chorote que FeCal se aventó con motivo de su tercer informe de “gobierno”.
Sólo creo en la literatura, en las palabras, y me revienta el hígado que los pinches políticos rateros se dediquen a manosear ese tesoro. Diálogo, cooperación, futuro, acuerdos, reformas y cambio, sobre todo cambio, son algunas de las palabras favoritas de los macacos que dicen gobernar este país.
Cinco problemotas identificó el sujeto que redactó el discursete de Calderón. La crisis económica que no es culpa de nuestro señor presidente, porque como ya todos sabemos, “vino de jueras”. Lo bueno es que “ya pasamos el peor momento”, de modo que si usted sigue sin trabajo, está a punto de perder el que tiene o gana una mierda, ni la arme de pedo porque “ya vamos de salida”. Y yo me chupo el dedo.
El otro problemota es el crimen organizado, que por primera vez en la historia ha tenido que enfrentar la cojonuda voluntad del actual gobierno. Y yo me chupo otro dedo.
Calderón también se refirió a los ataques de la naturaleza, vía influenza AH1N1, que con tanta responsabilidad “enfrentamos”, aunque para eso hayamos tenido que vivir encerrados y aterrorizados durante semanas. La caída en la producción de petróleo y la excelente administración de Pemex, así como la falta de agua son problemas que, claro, resolverán nuestros sapientísimos “líderes”.
Pero no se azote, pues aunque el panorama sea negro saldremos adelante, como siempre, porque somos entrones y trabajaremos con nuestras (in)competentes autoridades para construir “el México que queremos”.
Para decir tanta pendejada hay que joder al pueblo con un mensaje en cadena nacional, que además repiten en las noticias. Hasta el cansancio, pa´que amarre. Y yo me sigo chupando ya no el dedo, sino toda la mano, porque a estas alturas del partido creer en Calderón o en cualquier otro miembro de su séquito de imbéciles, es tanto como creer en la reencarnación, en los ovnis, en que los mayas se fueron a otra dimensión, es decir, en chingaderas.

* En la foto: macaco subdesarrollado que sobrevivió, milagrosamente, a una lobotomía total.

El mundo se va a acabar

“El mundo se va a acabar, el mundo se va a acabar”, vaticinaba la banda Molotov allá por la década de los noventa, si mal no recuerdo. Y también, si mal no recuerdo, desde entonces y desde siempre nos ha valido madre cualquier advertencia respecto a las consecuencias de la infame “vida” que le hemos dado al mundo. Quién no recuerda, por ejemplo, la famosísima película Cuando el destino nos alcance, que nos dio una probadita de lo que podríamos vivir, si sobrevivimos, claro.
Porque la neta del planeta es que ahora sí va en serio y la pasaremos muy mal, pero a la mexicana, aunque sea pleonasmo. Ya no hay pinche gota de agua en las presas y ahora sí, deveritas, por favor, hay que cuidar el vital líquido. Ya las autoridades han tomado cartas en el asunto —no sé por qué esa afirmación me infunde terror— con reducciones en el suministro de agua. Hasta los pagrecitos más méndigos le han pedido a diosito que nos mande unas cuantas nubes bien cargadas. El mundo se va a acabar. Éste es sin duda el prólogo de un mamotreto que relatará a los extraterrestres —dudo ya de las futuras generaciones— cómo se fue “en picada este avión”, decía Molotov.
Bien preocupada, como la clasemediera que soy, he implementado una serie de medidas pro ambiente: reciclo todos los papeles que me caen en las manos —incluso unos libritos de poesía malísimos—, procuro moverme poco para no deshidratarme ni consumir demasiada agua, meo a cada rato pero le bajo al retrete cada tercer día, pongo una cubeta bajo la regadera cuando me estoy bañando, nunca lavo los trastes —dos o tres buenas lengüeteadas solucionan el problema— y sigo sin cagar, para no desechar material sólido. También he reducido mi consumo de bebidas en lata y PET, llevo mis pilas al centro de acopio que está en la Alameda y me pongo la ropa treinta veces, pa´no lavar tanto.
Aunque estoy conciente de que ya es imposible detener el deterioro, no se dirá que no puse mi granito de arena para desacelerar la destrucción. En fin, a coger y a mamar que el mundo se va a acabar.

miércoles, agosto 19

Bridget Zúñiga


Cuando vi a la regordeta Bridget Jones caer al suelo después de hacer bicicleta, en la ya clásica película El diario de… ídem, pensé que era mentira. Asumí que era un típico recurso hollywoodense para aderezar la comedia sobre la vida de una treintañera entrada en carnes, fumadora, medio briaga y sin vida sexual. Craso error: esta vez Hollywood no mintió.
Afectada por lo que podríamos denominar síndrome Bridget Jones —o depresión vil—, la que esto escribe se apersonó en un gimnasio y, bien macha, cual debe, se inscribió a las clases de spinning.
Soporté estoicamente el calentamiento, pero a la hora de la verdad —que siempre llega demasiado tarde— recordé que la última vez que hice ejercicio fue hace más de una década. Las consecuencias de mi desidia llegaron puntuales: a los cinco minutos ya estaba escupiendo la pleura, luego embarré el chamorro contra un pinche pedal —me “brotó” un moretón de veinte centímetros—, vi mis gigantescas nalgas reflejadas en espejos propios de hotel de paso, y para acabarla de joder me desfloró, oh sí, me desfloró el chingado mini asiento que toda buena bicicleta posee.
Al bajar de ese artefacto del demonio estuve a punto de irme de hocico, pues donde yo recordaba tener piernas sólo había dos barras de plastilina color carne —de pollo, claro—. Hoy camino como si hubiera fornicado con todos los soldaditos de la ache zona militar.
Antes de salir del gimnasio dejé de verme las nalgas en el espejo y encontré a una treintañera entrada en carnes, fumadora, no tan briaga y sin vida sexual. Pinche Bridget, cómo te quiero, verdá de dios.

jueves, agosto 13

El retorno del "rey"




A escasos días de que las viejas administraciones cedan el hueso a las nuevas, comienzo a sentir auténtico pánico por las consecuencias de lo que bien podríamos denominar el retorno del rey —o buey, o gay, o de plano güey—, es decir, del PRI, cambio que me siembra ciertas dudas corrosivas.
En Toluca, por ejemplo, aunque me da harto gusto que el PAN se haya ido al carajo, me pregunto si la doctora Barrera terminará con la magna obra de destrucción masiva que inició el buen Juan Ro. ¿Habrá piso firme en Los Portales o seguiremos caminando como en zona de guerra?, ¿levantará Barrera todas las bardas que Juan Ro tumbó en los parques?, ¿qué pex con la Puerta Tolotzin? Misterio.
Donde veo el panorama un poco más claro es en Atlacomulco —cuna de la civilización, ombligo del mundo, sucursal del cielo, tierra de gobernadores—, pujante municipio donde emito mi sufragio, y donde nos esperan días de pobreza extrema gracias al nuevo, flamante y pelón presidente municipal: Fidel Almanza.
“Porque tú me conoces” era la frase de campaña de este notable sujeto, y precisamente porque lo conocemos no nos dejamos seducir por los geranios que envió a todas las madrecitas el 10 de mayo, y el día de las elecciones buscamos no votar por él. Claro, hablo de mi clan familiar: mi padre, mi madre y yo fuimos a las urnas sin puta idea de qué cuadrito tachar, pero con la intención de pintarle dedo al señor que conocemos. Pero Almanza demostró tener el don de la ubicuidad, porque en la boleta electoral apareció como abanderado del PRI y de todos los minipartidos que ni candidato tenían, de modo que mis progenitores y yo votamos por un desconocido. ¿Por qué sólo quedaron registrados dos sufragios a favor de un sujeto cuyo nombre no recuerdo? Otro misterio.
Como sea, el retorno del rey sólo nos deja una posibilidad: rezar. Es una pena que nunca me haya aprendido la Magnífica.

jueves, julio 30

Pistolas

Mi padre le colgó el epíteto de “Pistolas”, doña Carmen “Pistolas”. Era ella una dama con una cualidad muy especial: tenía “palabra”, como los hombres. Omitiendo la misógina referencia, doña Carmen era la neta del planeta porque uno podía confiar en ella e, incluso, fiarle o prestarle dinero y estar seguro de que pagaría en la fecha estipulada.
Carmen “Pistolas” pertenece a una generación hoy extinta en este país. La gente “de antes”, los adultos que hoy se quejan de que todo tiempo pasado fue mejor, me darán la razón. En los buenos tiempos uno podía confiar en el prójimo, sobre todo en los habitantes de pueblos alejados de los corrosivos vicios de la urbe.
Pero como los buenos tiempos se acaban, hoy quedan pocas personas, hombres o mujeres, que tengan eso que se llama palabra. La más triste exhibición de que esta sanísima costumbre se ha ido al carajo, es el show que montan aquellos que se dicen políticos; sujetos y sujetas que deben firmar ante notario público sus promesas de campaña para “asegurar” que cumplirán.
Esta práctica no tendría razón de ser si la generación de doña Carmen “Pistolas” no estuviera casi extinta. Otro gallo nos cantaría si la política y sus derivados no estuvieran contaminados por la falta de congruencia, la cínica mentira y la completa ausencia de tanates, binomio indispensable para que alguien haga efectivamente lo que dice que hará, sin firmitas vacuas de por medio.
***
Aunque no me invitó a la boda por motivos que me quedan muy claros, quiero felicitar sinceramente a Aldo Iván González Miranda, conspicuo ingeniero a quien conocí cuando ambos éramos un par de pubertos. Hace unos días, el “Oso”, como todos lo llamábamos, engrosó las filas de la última forma legal de esclavitud. Mucha suerte, paciencia y tolerancia en esta nueva etapa.

lunes, julio 13

Sangrías, de Adriana Tafoya

Yo te maldigo, Adriana Tafoya, porque no me enseñaste el corazón sino la sangre coagulada y pútrida del abandono.

Mis dedos están manchados de rojo, Adriana, porque toqué con ellos tus textos; porque me tomaste de la mano y me llevaste por cuadras y cuadras, despacito, sin urgencia, y me enseñaste el rostro desencajado del dolor.

Yo te maldigo, Adriana Tafoya, como sólo se maldice lo que se ama una vez que lo sabes ajeno; como se increpa al amante que te ha dejado solo en un inmundo callejón; como se maldice lo que hace daño y a la vez envicia. Con el coraje contradictorio del masoquista: que bufa y rabia, pero pide más.

Dieciocho poemas bastaron para dejarme exangüe. Para recordarme el arroyo inmundo en que chapalean el hombre y sus fantasmas. Los miasmas urbanos que nos rodean y se materializan, de pronto, en “pantaletas embarradas de feto seco”, en “pequeños senos hinchados de llanto”, en el acto de “exprimir pájaros amargos”.

Tu libro, Adriana, me obligó a mirarme en el espejo. Pero también me hizo mirar al vago, al vicioso, al enfermo, a la madre y a los hijos bajo la luz de sus miserias, pero, ante todo, bajo la luz de la poesía.

¿Qué le duele al ser humano?, me pregunto. ¿Qué le duele al hombre?, me cuestiono. ¿Qué te duele a ti, Adriana?

Duelen la ausencia y la presencia; el abandono y la permanencia; el ser algo que no se sabe qué es; el ansiar ser otra cosa y no poder; sangrar y no saber por qué; llorar en seco, tener hambre de noria.

Lo tuyo no sólo es la poesía, Adriana, sino el asesinato. Eres precisa como navaja fina y mortal como cuchillo de vándalo irredento. Sabes hacer sangrar porque sabes del dolor. Se ve que te duele, Adriana, pero se ve también que te amputaste el corazón. Y ese músculo devaluado, poeta, siempre es indispensable para redondear un verso.

Te maldigo, finalmente, porque no me dejaste arma para sobrevivir a tu poesía. Porque me enseñaste tanto y tanta sangre, que hoy estoy maltrecha, exangüe y, como buena masoquista, pidiendo más.

domingo, mayo 24

ENLACE





Ardo en deseos de conocer al australopithecus afarensis al que se le ocurrió “crear” la prueba ENLACE. Si lo tuviera enfrente le haría sólo una pregunta: ¿sabías que tu cerebro mide apenas la tercera parte del cerebro de un homo sapiens contemporáneo? Si logra contestar correctamente valdría la pena hacerle una segunda pregunta: ¿de verdad es necesario armar un desgarriate para “medir” las habilidades y destrezas de los estudiantes?
Aunque autoridades escolares, maestros, padres de familia y alumnos deseaban que la contingencia sanitaria no sólo extendiera las vacaciones, sino que se llevara a la mierda la dichosa prueba, desgraciadamente la semana pasada más de dos millones 68 mil escuincles repartidos en 11 mil escuelas —entre públicas y de paga— de la entidá contestaron la Evaluación Nacional del Logro Académico en Centros Escolares (ENLACE).
Y digo desgraciadamente no porque los angelitos no merezcan ser torturados con éste y otros sangrientos métodos, sino porque desde mi soberbia, enferma y catastrófica opinión —me caga la formulita “mi humilde opinión”—, ENLACE no sirve ni para limpiarse el culo cuando se acaba el papel de baño.
En teoría, la famosa evaluación pone énfasis, más que en los conceptos que se aprenden de memoria, en las habilidades que el chamaco ha adquirido al "aplicar" tales conceptos. O sea, es más importante que el engendro en cuestión sepa y pueda utilizar un “algo”, a que repita como merolico su definición.
ENLACE también evalúa el desempeño de los profesores y de la propia Secretaría de Educación Pública, que en los últimos años se ha puesto muy creativa con su “reforma educativa”.
Todo eso suena muy bonito. Es loable que las instituciones educativas se preocupen por saber si de verdad los escuincles aprenden algo más que usar sus recreos para ver los calzones ajenos. Lo que no me cuadra es que se disponga de tantos recursos —desde el diseño e impresión de los exámenes hasta las horas de clase perdidas: todo cuesta— para “descubrir” y reiterar año con año algo que se sabe desde hace décadas: que los escuincles están en el hoyo.
Claro, para reconocer que ENLACE es un ejercicio un poco idiota, haría falta pensar como homo sapiens y no como australopithecus afarensis. Porque cualquier persona realmente involucrada en el ámbito educativo es capaz de reconocer que los escuincles tienen un grave problema de lectura. se enfrentan a los textos como lo haría un macaco. Y ese problemita es culpa de la propia SEP, que tuvo la ideota de dejar de “enseñar a leer” a la antigüita —lo que sea que eso signifique—.
Aún más importante es reconocer que a los escuincles les vale madre la mentada prueba. Y a los maestros, ni se diga.
Las que parecen beneficiarse son las escuelas de paga, que usan sus flamantes resultados para incrementar las colegiaturas. O las propias autoridades educativas, tan acostumbradas como el resto de los burócratas a generar “programas, planes y estrategias” nomás para taparle el ojo al macho, pues no profundizan, ni resuelven, ni intentan atacar las deficiencias del sistema educativo mexicano.
¿Resultado?: escuelas y maestros huevones, que dedican las últimas semanas del ciclo escolar a rascarse los tanates, mientras los escuincles ensayan tablas gimnásticas y bailes de salón para su “monísima” presentación final. Chamacos (re)huevones que no ven en la escuela un espacio de aprendizaje, sino un vertedero de energía para chingar a adultos que no son sus padres. Futuros universitarios —en el caso de los afortunados— que no pueden escribir sin faltas de ortografía ni su nombre de pila. Y claro, una SEP que se para el cuello, engorda billeteras, y dice que hace cuando no hace ni madre.

Influencia perniciosa




Como buena clasemediera hija de clasemedieros y futura madre de un clasemediero —según se espera de mi clasemediera condición—, entré en crisis histérica por culpa del chingado brote de influenza.
Primero pasé por la fase de escepticismo y valemadrismo, orgullosa herencia de mi madre. De hecho, cuando el viernes 24 de abril me enteré de la suspensión de clases, la posibilidad de que un pinche virus paseara descaradamente en mi recámara era mi última preocupación. Yo brinqué de la felicidad porque en lugar de ir a lidiar con setenta pubertos podría pasar todo el día trepadota en el guayabo. Que en efecto, fue mi principal actividad ese día.
El sábado, haciendo caso omiso de las aún tibias recomendaciones, me apersoné en las siempre infectas instalaciones de la Terminal de Autobuses y me trepé en un camión con destino a Atlacomulco —cuna de la civilización, ombligo del mundo, sucursal del cielo, tierra de gobernadores—. Como era de esperarse, encontré a mi padre en medio de una crisis neurótica que se incrementó cuando tuve la osadía de rechazarle un tapabocas exclusivo para pintores de brocha gorda. Después del Apocalipsis me di el lujo de empaquetarme medio litro de helado y caminar a casa. Hallé a mi madre tratando de recordar si había hecho de comer y pasándose por el arco del triunfo la alerta epidemiológica. Eso me dio tranquilidad.
Mis “prejuicios gobiernistas” me hicieron pensar en un compló al más puro estilo Chupacabras. Supuse que el gobierno, coludido con aztecos y televisos, había inventado la méndiga epidemia para impedir las manifestaciones y encabronamientos sociales propios de una crisis económica como la actual. Contrasté mi “teoría” con la información de periódicos derechos e izquierdos, y se me derramó un ojo cuando leí que sería posible allanar hogares en los que se sospechara la existencia de un infectado. Llevo días mentándole la madre a FeCal —aunque eso no es novedad—.
Lo malo es que después empecé a leer prensa internacional. Entonces sentí harto, harto miedo, porque el pitufo que despacha en Los Pinos puede hacer lo que le dé la gana con este país, pero, según mi clasemediera concepción del mundo, no puede hacer lo mismo con el resto de las democráticas (?) naciones del orbe. Que Obama y el mismísimo dios se hayan puesto de acuerdo para armar todo este desmadre en beneficio de las compañías farmacéuticas —como sugieren las diez mil cadenas que han caído en mi correo—, me parece una gran, gran chaqueta mental.
Entonces, como buena clasemediera: 1) puse cara de Marga López en "Un rincón cerca del cielo"; 2) después de no ver televisión durante años, ahora me soplo a López-Dóriga todas las noches y, lo que es peor, suelo creerle; 3) me lavo las manos como una pinche enferma de trastorno obsesivo compulsivo; 4) quiero asesinar al primer imbécil que ose estornudar o toser en mi presencia; 5) me unto gel antibacterial hasta en las pestañas; 6) estuve tres días y dos noches encerrada a piedra y lodo con tal de no infectarme —eso sí, coge y coge, al fin que el pinche virus no es de transmisión sexual—; 7) cociné, dios mío, ¡cociné!… me comí mis chingaderas y no me dio diarrea; 8) tuve ganas de ir al súper y gastarme la quincena en despensa suficiente para llegar viva a la próxima glaciación; 9) eliminé esa estupidez de mi cabeza; 10) le dije a mi padre que no viniera a verme —así lo salvé de un contagio y pude coger más—; 10) le exigí a mi hermano que no viajara en metro; 11) uso tapabocas para hablar por teléfono; 12) etcétera.
Ahora que estamos regresando a la “normalidad”, me siento un poco ridícula. Después de todo, el cubre bocas no sirve para ni madres y nunca se me ha ocurrido acurrucarme en el regazo de un cabrón que se la pasa estornudando —vía de contagio garantizada—. Además, de algo nos vamos a morir —y este valemadrismo post histeria también es clasemediero—. Supongo que a todo se acostumbra uno, menos a no coger.

* En la foto: unos niñitos "protegidos".

jueves, marzo 26

De amores primeros





Uno recuerda siempre, en retrospectiva, al Primer Amor. Incluso cuando todavía no se le conoce, uno es capaz de “recordar” su olor, adivinar su figura a través de la ventana y sorprenderse comprándole detalles. Cuando se materializa, uno aprende a señalar los lugares, los colores, los sabores, en función del Primer Amor. Así, una guayaba no es una simple guayaba, sino el aliento compartido en un beso furtivo. Las plazas públicas, los parques, las bibliotecas, cobran sentido cuando se rememora que, justo en esa esquina, en aquella fuente, detrás de ese librero, uno conoció al Primer Amor. Si uno cierra los ojos puede volver a ver los pasillos de la escuela primaria castigados por los mocasines del Primer Amor, que corre a esconderse después de una travesura. Uno recuerda, por ejemplo, cierto mundial de futbol que fue pretexto para perder clases, jugar semana inglesa, cachetear y besuquear. El Primer Amor es una sombra ominosa en cualquier fotografía; el último lugar donde uno posa los ojos, el mejor pretexto para echarse a llorar.
Hay una verdad dolorosa e inapelable sobre los Primeros Amores: uno no se queda nunca con ellos. Después de descubrirlos en el pupitre vecino, en el patio escolar, en la calle, en el cine o en los lugares más inverosímiles, hay un acercamiento que, más que unión, es separación. Por momentos, gloriosos momentos, uno piensa que El Primer Amor es asequible. Que esta mano que sostiene mi mano es tan real como la propia carne; que es verdad que me puedo mirar en las pupilas ajenas, y diez mil chorradas por el estilo. Con el paso del tiempo uno aprende que esas jornadas íntimas son ceremonias de adiós. Porque es bien sabido que El Primer Amor es tan endeble y enfermizo como todo lo primigenio en este mundo. De modo que uno se separa del Primer Amor después de una vaga sospecha, un capricho, un malentendido o cualquier otra idiotez. El rompimiento se vive con la intensidad, el dolor y el sudor de un parto.
Corrijo: no siempre se acuerda uno del Primer Amor. De hecho, se le suele olvidar concientemente pues así es menor el sufrimiento. Pero los lugares, los colores, los olores que estuvieron ligados a él suelen dar ramalazos violentos contra la pátina del tiempo que, vencida, deja brotar la imagen del rostro infantil, el olor del sudor puberto. Entonces, uno puede recordar al Primer Amor y compararlo con el esposo que nos ha dado tres hijos, una casa de interés social y a Duque, ese pinche perro que se traga los calcetines como si fueran croquetas.
Pocas veces sucede que una vida destrozada regale una fotografía con la imagen nítida del Primer Amor vistiendo ropas desconocidas, abrazando a un desconocido, con un desconocido paraje como fondo y la misma mirada profunda e insondable de hace décadas. Pocas veces sucede que, después de este descubrimiento, uno busque en la memoria la imagen antigua del Primer Amor y, viendo desierto el archivo, se decida a buscarlo para conocer la imagen actual. Es poco probable que una situación similar dé para algo más que una película palomera. Uno no piensa que la búsqueda del Primer Amor pueda significar un encuentro con uno mismo y, además, sea la base de una novela memorable. Pero nunca falta quien demuestra lo contrario.
Luis Leante es el nombre de quien cometió la osadía de escribir una novela hermosa —que le valió el Premio Alfaguara de Novela 2007—, a partir del recuerdo de un Primer Amor. La doctora Montserrat Cambra, en sus cuarenta, recién divorciada y con una hija adolescente aún fresca en su tumba, encuentra entre las cosas de una embarazada moribunda la fotografía de un hombre que es, no cabe duda, Santiago San Román, su Primer Amor. Leante usa un narrador omnisciente y en tercera persona para contar las vicisitudes de Montse joven, Santiago joven, Montse cuarentona, doctora en Barcelona; Montse cuarentona, desconocida en el Sáhara, pues hasta allá va a parar cuando decide buscar al Primer Amor, cuando comprende, como lo hacemos todos, que uno no se queda nunca con él, que sólo se le recuerda y, en contadas ocasiones, la vida ofrece una tímida posibilidad de (re)encuentro. Éste sí verdadero, éste sí definitivo.
Leante, Luis. "Mira si yo te querré", Alfaguara, México, 2007.

domingo, marzo 8

Cómo vivir con un intestino muerto



Si usted llegó tarde a la repartición de intestinos gruesos funcionales, y en lugar de una de esas maravillas le metieron, "ya sabe por dónde", una cañería de lo más pinche, le tengo dos noticias: una mala y otra peor. La mala es que está jodido. La peor es que seguirá jodido hasta que algún noble científico logre resucitar intestinos muertos —aunque esta posibilidad, además de los dilemas éticos, podría acarrear otras complicaciones: ¿le cambiarían sus tripas inservibles por las de un muerto?, ¿irían con todo y premio?, ¿o le introducirían un tubo de PVC "ya sabe por dónde"? Misterio—.
Pero no se azote. Contra todos los pronósticos, es posible vivir con un metro y medio de intestino muerto. Eso sí, para empezar hay que determinar si su tripa está bien muerta, sólo media jetona o si anda de parranda. Usted tiene un grave pedo (?) con su intestino si:
a) Caga en Año Nuevo lo que se tragó en Navidad.
b) Su baño parece sala de lectura.
c) No sabe decir con precisión cuándo fue la última vez que "lacró el sobre" —frase atribuida a cierto escritor ecatepense que ahorita debe estar echándose unas chelas, mentándome la madre o ambas cosas—.
d) Una comida familiar termina en vomitona y diarrea colectivas, pero a usted no le pasa nada. El escenario es muy bonito: todos sus parientes se pasan la noche en vela, turnándose para entrar al baño sin ahogarse con las ventosidades ajenas, mientras usted duerme como bendito. Por la mañana, cuando todos sobreviven a base de té de manzanilla, usted desayuna como rey. Por la noche, en tanto sus parientes inician tímidamente una dieta blanda, usted defeca maravillosamente.
e) Al menos una vez por semana se siente "inflamada y de malas", como dice el comercial.
f) Más que "inflamada y de malas", usted no puede cerrar sus pantalones porque trae la panza tan hinchada como la de Topo Gigio.
g) Cuando tiene el depósito lleno, en lugar de desechar siente unos dolores infames que nacen en el culo y agonizan en el cuello.
h) Una organización ambientalista puede demandarlo por contaminar el mundo con sus masivas y consuetudinarias expulsiones de gas metano —a veces tan fétidas que ni usted se aguanta—.
i) Se pone feliz cuando se le tapa el excusado, y llama "Topo" a un pedazo de mierda flotante.
j) Sus pedazos de caca parecen más propios de un borrego que de un humano.
k) Se toma hoy por la noche el laxante que "amarás por la mañana", y le hace efecto 36 ó 72 horas después.
Si usted cumple con menos de tres condiciones, no se asuste: su intestino está de parranda. Si cumple con la mitad, cántele las mañanitas a su cañería huevona. Si cumple con más de la mitad, resígnese: su intestino está muerto y enterrado —en su panza, pero enterrado al fin—.
Para que no sufra más, he aquí los consejos que le permitirán vivir con un intestino muerto:
a) Todos los días trague papaya, ciruela pasa y naranja en cantidades industriales. En general, atásquese de fruta, excepto la guayaba.
b) Vuélvase adicto a los cereales que saben a cartón y al yogurth con bacilo actiregularis.
c) En ayunas, tome una cucharada de aceite de oliva "archirrequeterrecontravirgen", o una cucharada de semillas de linaza previamente abandonadas en remojo toda la noche —quedan un poco babosas—.
d) Coma como vaca: puras cosas verdes. Ojo con la lechuga, la col, las calabacitas y el brócoli, pues podrían taparlo más.
e) Minimice o de plano elimine su consumo de pastas, arroz, refresco, café, cigarros, chocolate y cualquier tipo de harina.
f) Pruebe Senokot, Ciruelax y/o alguna solución de fosfato de sodio. El ácido muriático podría funcionar también.
g) Cuando presienta un dolor de recto a cuello, acuéstese inmediatamente en posición fetal. Procure estar solo, pues se le va a salir un Señor Pedo que nada tiene que envidiar a las bombas que jodieron Hiroshima y Nagasaki.
h) Si le dan ganas de excretar, no lo deje para después —su intestino lo sorprenderá a menudo con movimientos convulsivos "post mortem", que debe aprovechar—.
i) Si le dan ganas pero no expulsa nada, evite esforzarse: le pueden salir hemorroides, y si ya las tiene se le van a reventar.
j) Si le dan ganas, no le sale nada y ya se desesperó, métase la cucharada de aceite de oliva "archirrequeterrecontravirgen" "ya sabe por dónde".
k) Diríjase a su intestino en voz alta. Platique con él, póngale nombre, háblele bonito. Si es usted católico, léale el pasaje de la resucitación de Lázaro. Puede que el cabrón se conmueva.
l) Instale un librero en su baño.
m) No haga corajes, vuélvase cínico, no se quede con las ganas de mentarle la madre a alguien. La furia contenida transforma su cañería muerta en un nudo ciego.
n) Arme un grupo de autoayuda: recuerde que hay diez mil quinientos pendejos que, como usted, llegaron tarde a la repartición de intestinos gruesos funcionales.
ñ) Deje para la gente común y corriente el sexo anal. Si es usted gay, olvídese de su vida sexual.
Si su intestino se niega a resucitar, suicídese, encomiéndese a Dios, o haga ambas cosas.

miércoles, febrero 25

Ratas de dos patas

Yo no sé ustedes, pero a mí me da pavor encontrar en mi camino una patrulla con todo y polis, e imagino con más placidez un escenario en el que aparezca, al doblar una esquina, un grupito de mozalbetes greñudos y apestosos. Por alguna extraña razón, la presencia de la "autoridá" no me hace sino temer tragedias de dimensiones bíblicas.
Supongo que ese miedo tiene que ver con mi falta de fe en la humanidad —que a veces creo congénita—, pero tampoco se puede negar que los policías tienen más fama de apoyar a los amantes de lo ajeno que de cumplir con su trabajo. De modo que ando por la vida aterrorizada y huyendo de sujetos con mala facha y, sobre todo, de polis panzones.
Claro que, en Toluca —en todo México, pa´acabar pronto— esto ya no es novedad para nadie. Puedo asegurar que todos los días, sin falla, sabemos de algún amigo, vecino, pariente, desconocido, primo del amigo, etcétera, que fue atacado por los amantes de lo ajeno. Obvio, como las buenas ratas, estos “señores” han perdido la “vergüenza” (?), “trabajan” literalmente de sol a sol y dejan la noche para dormir, como cualquier buen cristiano. Lo peor del asunto es que las patrullas andan haciendo “rondines” y, curiosamente, nunca están cuando se les necesita.
De hecho, hay una misteriosa desaparición de patrullas justo en el momento en que emergen las ratas.
Hace unos meses, por ejemplo, un amigo y otro wey fueron levantados por un pendejo que se dijo policía. El súper agente “argumentó” —debería decir balbuceó— que los "jóvenes" tenían pinta de drogadictos y, segurito, andaban cargando “mercancía ilegal”. Es cierto que esos cuates sí se ven chilapastrosos, pero no son adictos. La neta era que el pendejo pseudopolicía moría por un pericazo, así que metió mano en las mochilas y bajó de todo, menos mota, para su desgracia. Luego repartió madrazos, amagó con pistola y botó a los dos en una milpa en sepalachingada.
También hace meses, unas ratas balearon en Quintana Roo, casi Tollocan, a unas personas que habían ido a sacar dinero al banco. Uno de los agredidos murió. La "autoridá", rauda y veloz, procedió a hacer rondines por la zona, pero, cosa harto curiosa: los asaltos no paran. De hecho, hace quince días, unos polis hacían “averiguaciones” matutinas en la zona citada, pues acababan de darle baje a una chava.
Pero la cosa se pone peor en el centro de Toluca. El sábado 7 de febrero, alrededor de las cinco y media de la tarde, dos muchachas caminaban por Santos Degollado, casi llegando a la Alameda, entre Melchor Ocampo y —¡otra vez!— Quintana Roo, muy cerca de unas oficinas de la Secretaría del Trabajo. Las hoy víctimas —¿se nota que quiero cubrir nota roja?— venían de hacer unas compras. Ya muy cerca de su casa fueron rebasadas por una patrulla —que cumplía cabalmente con sus rondines— y casi enseguida interceptadas por un par de pendejos que les robaron celulares y bolsas. La pinche "autoridá", occisa —o rascándose las nueces—. Las ratas, con la cola a salvo. Lo bonito del asunto es que justo tres días antes, la misma pinche "autoridá" recolectó firmas entre los vecinos para solicitar, mediante un oficio, más "seguridá" en esa zona —las dos "jóvenas" firmaron—.
Entonces uno duda: ¿es la "autoridá" tan, pero tan, pero tan pendeja? —perdón por el pleonasmo—, ¿o de plano está coludida con las ratas?. De otro modo no se explica que frente a los bigotes de los polis, los “señores” esos hagan su “trabajo”.
También entonces, una mala persona como yo se pregunta: ¿dónde chingados está el “intenso combate al crimen”, “las acciones para protegerte a ti y a tu familia”, el famoso gobierno “dedicado a ti” y diez mil quinientas promesas y frases más? ¿Dónde están? ¿Haciendo hoyos en todas las calles, tumbando las bardas de los parques y convirtiendo Los Portales en zona de guerra? ¿Dónde chingados están, Juan Ro? ¿clonándote o regando las plantas de tu mami? ¿Acaso están cuidándote la espalda?, loable labor, por supuesto, pero no tan urgente y vital como proteger —de verdad proteger— a tus gobernados, o lo que es lo mismo: a los que tuvieron el tino de votar por ti y a los que te pintamos dedo.
Todos sabemos, oh sí, que no hay ni habrá respuesta para esas preguntas. Lo bueno o lo mano del asunto, como se le quiera ver, es que estamos en año electoral, y bien valdría la pena dejar de pintar las calles de azul —Juan Ro y su recua de funcionarios pueden meterse la pintura por el recto—; “castigar” las falsas promesas, la holgazanería, la corrupción y el cinismo —aunque también tengo mis dudas con la "democracia"—. O lo que es lo mismo, exigir que la autoridad sea de verdad autoridad, y no una gallina que baila, se clona y cacarea sin lograr poner un pinche huevo.

domingo, febrero 8

Eso de vivir solo

Hace unos días leí un articulillo de "El Universal", que tocaba el siempre espinoso (?) tema de la gente que vive sola. Lamento no poder echar mano del mentado texto para citar una que otra cosa que me pareció interesante: sucede que un alma de Dios cambió, por fin, la computadora con que realizo mis labores vespertinas, y al muy bendito se le ocurrió arrasar con buena parte de los escritos que suelo juntar. Excuso decir que me dio hueva volver a buscar la nota.
Afortunadamente no le guardo rencor a ese sujeto [miente: lo odia con odio jarocho. Nota de la H. Redacción] y mi buena memoria (??) me permite regresar al punto y comentar que el dichoso artículo exponía la situación de tres mujeres: una anciana al borde de la tumba, una cuarentona divorciada y una lozana muchacha de casi treinta primaveras.
El primer caso (anciana al borde de la tumba) es harto común y corriente: mujer viuda, madre de varios hijos y abuela de varios nietos, que no quiere o no puede vivir de arrimada con alguna de sus nueras o yernos, y opta por quedarse con sus recuerdos y sus plantitas en un mini departamento. Sus familiares la llaman por teléfono todos los días y los fines de semana la visitan. Su mayor sufrimiento es tener que ir a comprar las cosas para hacer de comer, pues como compra pocos gramos de carne y dos o tres frutas, siente como si jugara a la comidita. De hecho, una vecina le regala huevos, pues se le echan a perder si compra el medio kilo de rigor.
El segundo caso (cuarentona divorciada) era un poco más dramático, pues la sujeta en cuestión sufrió mucho por la separación luego de más de una década compartiendo el techo y el lecho con su hoy ex marido. Con la sabia entereza de toda cuarentona divorciada, hace frente a la situación chillando de vez en cuando y profiriendo insultos contra Dios [exagera: no recuerda haber leído éso, pero lo mete porque le parece más ameno. Nota de la H. Redacción], pero ya se está acostumbrando a su nueva y lacerante libertad. Su mayor sufrimiento también tiene que ver con hacer la comida: llora a mares cuando ve un solo asiento [insistimos: miente la perra que esto escribió. Nota de la H. Redacción].
El tercer caso (lozana muchacha de casi treinta primaveras) era, hasta hace unos años, poco común, pues toda señorita aspira a casarse de blanco con un príncipe azul, tener hijitos y vivir en un castillo de interés social, con jardín, perro labrador y vecinitas nice para ir al spinning. Desafortunadamente, en este mundo ya no hay pinches hombres decentes (¿los hubo alguna vez?) y los gays se reproducen como búlgaros. La lógica consecuencia es una creciente masa de lozanas muchachas de casi treinta primaveras, que viven solas. El mayor conflicto de la seño, para no entrar en detalles, también estaba relacionado con la despensa: la reina repitió los patrones de compra de sus progenitores y terminó en la ruina [exagera de nuevo, la muy maldita. Nota de la H. Redacción].
La reflexión final de las tres historias, es que se aprenden muchas cosas viviendo solo. Yo sospecho que tiene que ver con eso que llaman rascarse con sus propias uñas, y lo digo con todo conocimiento de causa, pues tengo casi tres años rentando un espacio para mí solita. Y, claro, se aprenden hartas cosas, como cambiar focos y fusibles, clavar clavitos en la pared, sacar cuatro o seis manos cuando se va por la despensa, y gritar a todo pulmón cuando el pendejo vecino está madreándose a su vieja. Eso entre otros detallitos que están más relacionados con el amor al prójimo [traducción: meter y sacar del departamento sujetos aptos para el consumo carnal. Nota de la H. Redacción].
Lamento que ninguna de las entrevistadas haya comentado lo chido que es llegar a casa y ver un gran desmadre, pero ningún cerdo malnacido rascándose los huevos mientras ve la televisión. O lo emocionante que resulta perder un cheque en una pinche mesa que, más que mesa, parece un mini campo de batalla de un metro cuadrado. O la maravillosa transformación que sufre la cafetera (con algunos mililitros de café, por supuesto), cuando se queda meses y meses sin ser lavada. O el gusto infinito que da levantarse un sábado a limpiar el cuchitril [de nuevo miente: esta marrana nunca limpia su casa. De hecho, cuando viene de visita, es su pobre madre quien se entrega a esa nauseabunda labor. Nota de la H. Redacción]. En fin, que les faltó la optimista frase de que vivir solo es la neta [ja, ja, ja, miente de nuevo, la muy ardida. Nota final de la H. Redacción].